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11 oct 2012

Cazadores: Michelle. Parte 45 (Final).


VICKY


La mañana había sido fría. Ahora, el sol del mediodía le daba de lleno, sofocándola en el tapado negro. Había abierto los botones mientras caminaba, balanceando un ramillete de flores en una mano con cuidado.
Apenas había un par de personas en los alrededores, todas demasiado ocupadas como para prestarle atención. Para ella, era un alivio.
Finalmente llegó al lugar. A su alrededor crecía el pasto. El predio estaba parquizado y se veía alegre. A sus pies había una placa gris con un nombre grabado: Cassandra Farrel. Había un ramo de flores simple en un recipiente enterrado sobre la lápida, probablemente dejado allí por su padre.
Vicky acomodó su ramillete al lado del que ya estaba. Varias otras idénticas placas grises brillaban a poca distancia, alineadas como un tablero totalmente simétrico. A pesar de ello, el aire casual del lugar, como si se tratara de un jardín o un parque, le daba un aire inusualmente alegre al cementerio. Era extraño, inesperado; pero así le gustaba.
Las cosas serían muy extrañas de ahora en más. Al salir aquella mañana, la casa vacía y silenciosa le había resultado extraña y hasta deprimente. Desde su transformación, su hogar se había vuelto un lugar poblado y vital. Seguro de que ella lo necesitaría, Tom se había quedado a su lado. Ahora, ambos se habían ido. Él tal vez regresaría alguna vez, aunque no sabía cuando. Su madre jamás lo haría.
Había perdido la cuenta de cuanto tiempo llevaba allí de pie cuando lo sintió venir.
– Hola – le dijo, antes de que él pudiera anunciarse, lo cual pareció descolocarlo.
– No sabía que ibas a estar acá. Puedo irme si querés… volver en otro momento.
– Ella era tu hermana, tenés derecho a estar acá – le dijo Vicky a su tío, dándose vuelta para quedar cara a cara con él.
El hombre parecía incómodo. Vicky forzó una sonrisa, tratando de tranquilizarlo.
– Nunca supe por qué volvieron a la ciudad – le dijo. Él se llevó la mano a la cabeza, como quien recuerda algo de pronto.
– Ah, si. ¡Eso! Llevamos unos años siguiendo a un vampiro. Un… asesino serial, podría decirse.
Vicky no pudo evitar una expresión de sorpresa.
– Es un… asesino real – trató de explicar el hombre –. Asesina mujeres jóvenes, estudiantes universitarias en su mayoría. Juega con ellas, en ocasiones con sus familias y luego las drena. Va diseminando cadáveres por el mundo.
– ¿Y por qué acá?
– Lo seguimos hasta la zona. Pensábamos hablar con Cassandra, que nos contactara con los clanes locales, aprovechando los acuerdos, pero… Hacía mucho que ella y yo no hablábamos y las últimas veces no en buenos términos… Y me temo que Nico se me adelantó.
El recuerdo de la pelea con su primo volvió a la mente de Vicky inmediatamente. Su rostro se ensombreció al hacerlo.
– Él no va a molestar más – aseguró su tío –. No tenés que preocuparte por eso.
Vicky asintió.
– Tal vez pueda ayudarlos con su búsqueda – le dijo la chica entonces –. Tom es el líder del clan y William lo reemplaza cuando no está. Puedo arreglarte una reunión con él y tal vez pueda contactarte con los líderes de los clanes vecinos, de ser necesario.
El hombre sintió, agradecido. Ella le sonrió, pero sabía que el gesto estaba vacío, que era solo por compromiso. Ambos lo sabían.
Sin decir una palabra más, se alejó del lugar. Ahora solo podía hacer una cosa: ser fuerte y esperar a ver que nuevo cambio le deparaba el destino.

MICHELLE



Seth la esperaba junto al edificio del lugar, compuesto de una sala, una oficina y una capilla. Él ya se había despedido. Ella necesitaba algo de privacidad.
Recién eran las primeras horas de la mañana. El sol apenas asomaba en el horizonte. Aún así, ya había un ramo de flores junto a la placa gris que llevaba el nombre de Cassandra. Michelle sonrió amargamente: eso quería decir que Tom había estado allí por la noche, probablemente despidiéndose igual que ella lo hacía ahora. Solo Dios sabía cuando regresarían.
– Solo quería decirte que nunca hubiera logrado nada de lo que hice sin ustedes, sin vos – dijo con voz triste –. Ahora tengo que irme. El clan Rose necesita reorganizarse y para eso tengo que ir a Europa, a la casa de mi padre. Y quedarme por allá un tiempo largo. Seth dice que su padre no va a tener otra opción más que firmar el tratado de paz. Por eso él viene conmigo. Además, a esta altura, y después de todo lo que pasó, te podrás imaginar que no pienso separarme de él. Solo espero que tenga razón respecto a su padre.
Michelle sonrió. Juntos, por fin, ella y Seth, sin nada ni nadie para separarlos. Después de casi un milenio de idas y vueltas.
– Por Vicky no te preocupes: ella va a estar bien. Es más fuerte de lo que siempre creímos, mucho más de lo que siempre fue. Y no va a estar sola. Están Zach y su familia y Will y Milena – en ese punto, Michelle se permitió sonreír nuevamente –. Y también Sybilla y Louisa. Creo que ellas piensan quedarse por un buen tiempo. ¡Quién iba a decirlo!
Michelle lamentó por un momento no haber llevado flores. Tal vez así fuera mejor. Seguramente, Vicky pasaría más tarde. No debía ocupar todo el espacio, que era más bien reducido.
Con un suspiro, se dio media vuelta y caminó hacia el hombre que la esperaba. Se unieron en un abrazo y salieron juntos del cementerio. Por primera vez en su vida, algo en su futuro era una certeza: él.

4 oct 2012

Cazadores: Michelle. Parte 43.


SYBILLA

El lugar estaba desierto. Louisa se quitó el casco al pie de la escalera, donde estaba protegida del sol, e indicó hacia arriba. Zach y Vicky asintieron: evidentemente los tres sentían algo. Ella se limitó a seguirlos, consciente de que aún no se había recuperado lo suficiente de sus heridas.
Arriba, la escalera terminaba en una puerta cerrada. Al otro lado se escuchaban voces. Seth y Ángel hablaban. De pronto, la confusión fue notoria en ambos: había alguien más en la habitación.
No esperaron un segundo: Zach se abalanzó sobre la puerta, que cedió casi al instante, destrozando la cerradura. Seth y Ángel, un vampiro de tez morena y cabello oscuro y ondulado, estaban rodeados por al menos una docena de vampiros de aspecto aterrador. En un instante, aquello se convirtió en un campo de batalla.

MICHELLE

Korn - Thoughtless

Ni bien cruzó la puerta se encontró cara a cara con el caos. El aroma de la sangre la invadió por completo, aturdiéndola. Por un instante se quedó allí, paralizada., incapaz de moverse. ¿Acaso aquello no iba a terminar jamás? ¿Pasaría toda la eternidad rodeada de aquella absurda guerra que habían comenzado sus padres?
Escuchó el disparo, pero no comprendió de que se trataba hasta que sintió el golpe, el dolor, el fuego que ya conocía pero que, por ser mitad humana, no la consumía ni la debilitaba como a otros. Le había dado en el hombro izquierdo.
Saliendo de su estupor, divisó al tirador y dejó que su instinto animal se apoderara de ella. Antes de que pudiera disparar nuevamente, lo había acorralado contra la pared. A su alrededor se llevaba a cabo una batalla campal, pero toda su atención estaba puesta en el rostro frente a ella, en los ojos rojos como sangre que la observaban como dos carbones encendidos.
Entonces un nombre resonó en el fondo de su mente y supo que ya había visto aquel rostro antes junto a aquel odio. ¡Pero no podía ser! ¡Él debía estar muerto! ¡Lo había visto morir! ¿Cómo?
– George – siseó entre dientes.
Él sonrió ante la mención de su nombre, dejando asomar unos filosos colmillos blancos.
Michelle retrocedió un paso, su mano derecha aún firme en el cuello de su oponente.
– No puede ser… ¡Estás muerto! ¡Yo te vi!
– No – rugió el otro –. Vos me diste por muerto. Me dejaste ahí como un animal. Nos traicionaste. ¡A todos! ¡Por tu culpa me convertí en este monstruo! Los Rose, sangre, me hicieron prisionero. Me ahogaron en sangre hasta que no pude vivir sin ella. Ahora soy uno de ellos…
Su voz era siseante, casi animal, y podía sentirse el odio en ella como un veneno.
– Vos creaste las balas… – dijo ella casi como una autómata.
– ¡Qué inteligente! – la voz de él rezumaba sarcasmo – ¿Para qué pensabas que me querían de su lado?
– ¿Ellos saben como crear más? – Michelle aumentó la presión sobre el cuello, acercándose nuevamente a él.
– No estaría vivo si lo supieran – respondió él entre dientes –. Si no me necesitaran, ya no existiría.
La voz de James llamó la atención de Michelle. Miró hacia atrás sin soltar a George: Los hermanos Blackeney se habían encontrado y estaban trenzados en una batalla mortal. No podía seguir perdiendo el tiempo allí.
– Deberías estar muerto – le dijo al hombre que tenía acorralado con odio –. Si hubiera sido así, Cassandra seguiría con vida… Y también mi bebé.
Aumentó la presión que ejercía sobre él. Sus colmillos comenzaron a extenderse.
– Yo no te convertí en un monstruo, eso lo hiciste vos solo. Fue tu elección seguir con vida. Pudiste morir como un humando, pero elegiste la sangre. Vos mismo te convertiste en un monstruo… Y llegó la hora de terminarlo.

3 sept 2012

Cazadores: Michelle. Parte 34: Michelle.


Vicky no había vuelto en toda la noche y, si bien para Cassandra parecía haber sido una tortura, para ella había sido un alivio. Le había venido bien la noche sola y tranquila sin tener que compartir la habitación, libre para dar vueltas en la cama y pensar. Apenas había dormido, pero al menos se sentía un poco mejor.
Cuando bajó era cerca del mediodía. Cassandra estaba cocinando, al parecer feliz de no ser la única que comería aquel día. Ciertos momentos se le debían haber vuelto solitarios desde la transformación de Vicky. Le sorprendía que aún siguiera siendo humana (o, mejor dicho mortal). Entendía que hubiera querido seguir siéndolo mientras su hija era una niña que crecía como cualquier otra, una muchacha relativamente normal (salvo por la sed). Pero ahora ella sería la única de la familia que envejecería e, inevitablemente, moriría. ¿Por qué no aceptaba la transformación? Aún era joven, sí, pero su aspecto ya se veía demasiado mayor para Tom, quien por algún motivo siempre había tenido un aspecto casi adolescente sin importar que hiciera al respecto. Él y Vicky podían pasar tranquilamente por hermanos.
– Buenos días – la saludó la mujer con una sonrisa algo forzada –. La comida va a estar en un rato. Si querés desayunar algo antes…
– No hay problema – le respondió Michelle sentándose en una de las banquetas y observándola moverse en la cocina.
– Me temo que somos solo vos y yo – le dijo la mujer en un suspiro –. Tom tenía que atender algunos asuntos.
– ¿Vicky? – preguntó Michelle no muy segura de si era adecuado hacerlo.
Cassandra ahogó un sollozo antes de contestar casi sin voz:
– No llamó y se dejó el celular acá. Supongo que debe estar bien pero… no sé nada de ella desde ayer a la mañana.
Impulsivamente, Michelle se levantó y se acercó a la mujer, abrazándola por la espalda. Ella se dejó consolar en silencio. Sin que ella lo pidiera, de a poco, la mujer se fue tranquilizando y le contó lo que había sucedido luego de que ella y Tom se habían ido al día anterior. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza mientras rememoraba la sensación que la había invadido antes de que su hija saliera por la puerta: su propio dolor ante la reacción de su madre.
– Al principio, cuando mi familia y la familia de Tom nos dieron la espalda, prometí que siempre iba a estar para ella, que nunca le iba a dar la espalda; que nunca jamás iba a hacer lo que ellos nos habían hecho a nosotros. Y le fallé. ¿Cómo puedo acompañarla y ayudarla si ella ve que le tengo miedo? ¿Cómo llegamos al punto en que mi hija me asusta? Es… es mi bebé. ¡Esto no está bien!
Michelle hizo un esfuerzo para que aquellas palabras no le causaran un retortijón en el estómago. Inconscientemente se llevó la mano al vientre, a la cicatriz que nunca se iría.
No muy segura de que fuera lo adecuado, formuló la pregunta que se había hecho al bajar las escaleras: ¿por qué no había accedido a la transformación? Cassandra lo meditó un momento antes de contestar:
– Llevo un tiempo pensándolo. Sé que le haría bien a Tom. Se pasó los últimos años yendo y viniendo porque no tolera la idea de que sigo envejeciendo. La única razón por la que no desapareció durante los últimos dos años es Vicky. Ella lo necesita. Y, tal vez, yo sería de más ayuda si estuviera en una situación similar, pero… no estoy muy segura de estar lista para renunciar al sol, a una vida relativamente normal, a quien soy. La transformación implicaría dejar todo atrás…
– Salvo a tu familia – la interrumpió Michelle dejando escapar un suspiro luego de pronunciar la última palabra.
– Salvo a mi familia – repitió Cassandra secándose las lágrimas del rostro.
– Tal vez tengas que pensarlo bien, poner cada cosa sobre la balanza y ver qué pesa más. No es bueno tomar una decisión así a la ligera, pero tal vez…
– Tal vez sea la decisión correcta – terminó la frase la mujer. Luego, volvió a centrar su atención en la comida y la conversación se dio por terminada. No tenía sentido seguir atormentándola.


23 ago 2012

Cazadores: Michelle. Parte 31: Michelle.




Tom se anunció en casa de Seth y un hombre los hizo pasar a esperar en una habitación oscura amoblada con una pequeña biblioteca y algunos sillones. Su acompañante se sentó en el que estaba más cerca de la puerta, desde el cual podía ver cuando alguien entrara en la habitación. Michelle estaba demasiado inquieta como para imitarlo. Se contentó con caminar a un lado y al otro de la habitación como un tigre enjaulado, incapaz de quitar la vista de sus manos que jugueteaban nuevamente con el anillo de su padre. Hacía cinco años desde la última vez que lo había visto y había estado tan devastada para ese entonces que no había tolerado siquiera la idea de que él la tocara; pero… ¿Qué le hacía pensar que estaba preparada ahora? ¿Qué pasaría cuando lo viera? ¿Y qué diría él?
La puerta se abrió de par en par. Tom se puso de pie  y Seth se acercó a él para saludarlo. Fue entonces cuando la vio: ella se había quedado petrificada, observándolo. Por un momento, incluso, dejó de respirar.
– Michelle – balbuceó él sin moverse.
– Seth – respondió ella, respirando nuevamente e incapaz de hacer o decir nada más. Por un instante la invadió la sensación de que iba a largarse a llorar. El dolor seguía presente en sus ojos como la última vez.
– Seth, venimos por un asunto importante – cortó el silencio Tom un momento más tarde, al ver que ninguno de los dos era capaz de reaccionar. Ambos dirigieron la mirada al hombre. Michelle asintió y él pareció reaccionar nuevamente. Los tres se sentaron en los sillones, quedando uno frente al otro y a una distancia prudencial. Viendo que la muchacha seguía paralizada, Tom empezó a hablar nuevamente, explicando lo que ella le había contado un rato antes en su casa.
Los ojos de Seth se agrandaron de sorpresa y de dolor: nuevamente James aparecía en su vida como el enemigo.
– Es probable que James tenga seguidores entre tu gente – le dijo Michelle luego de un momento sin mirarlo a la cara por miedo a que se le quebrara la voz –. Alguien de confianza, tal vez. No sé muy bien cual es su plan, pero sí cual es el resultado que busca.
– Ya lo sé: él me quiere muerto – la interrumpió él, mirándola por primera vez desde que Tom había empezado a hablar –. Y no puedo culparlo. No hice nada para evitar su condena, a pesar de que es mi hermano.
– En tú lugar, yo nunca le hubiera perdonado lo que hizo – dijo Tom.
– Nunca dije que lo hubiera hecho – lo interrumpió el otro con voz distante. Michelle levantó la vista y se encontró con sus ojos que aún no se habían apartado de ella. El recuerdo de lo que había pasado cinco años atrás hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas.
Tom se puso de pie.
– Creo que ustedes dos deberían hablar solos. Saben donde encontrarme – les dijo a modo de despedida. Antes de salir se giró hacia ella –. Si necesitás donde quedarte, sabés que mi casa está disponible, como siempre.
Luego de decir eso, salió de la habitación cerrando la puerta a su espalda. Seth se levantó de su lugar y se acercó lentamente a ella, sentándose a su lado. Michelle se puso tensa, intentando por todos los medios contener las lágrimas que inundaban sus ojos. Él permaneció allí inmóvil por un momento, solamente observándola como si temiera que no fuera real. Un rato más tarde se animó a extender su mano hacia ella y acariciarle el rostro apenas rozándola con la yema de los dedos, como ya había hecho cientos de veces antes. Ella cerró los ojos, dejando que todas las ocasiones anteriores volvieran a su mete en un instante y saboreando el contacto. Las lágrimas por fin la vencieron y rodaron por sus mejillas.
– Me pregunto si alguna vez… – empezó él, interrumpiéndose casi al instante, temeroso de completar la frase.
Ella le devolvió una sonrisa triste.
– Con el tiempo, quizás – le dijo ella con la voz quebrada –. Pero todavía no. El dolor todavía es muy fuerte.
– Ya deberías saber que tiempo es lo que nos sobra – le dijo él, acariciándola nuevamente. Luego, apartó la mano de su rostro y lo llevó hacia sus manos, al anillo que aún seguía entre ellas. Lo observó un momento con detenimiento, como memorizando su aspecto y se lo devolvió. Un momento más tarde estaba de pie, caminando hacia la puerta.
– Sabés que siempre voy a estar acá, esperándote – le dijo antes de abrirla y disponerse a salir.
– Esa es la intención: que sigas acá – dijo ella encontrando su voz nuevamente –. No pienso dejar que James vuelva a lastimarnos.
Una vez terminó de decir eso, se puso de pie también y caminó hacia la puerta, escabulléndose antes de que él pudiera responder nada. Solo esperaba tener tiempo realmente.

13 ago 2012

Cazadores: Michelle. Parte 28: Michelle.


De vuelta al tiempo actual

– Bueno, esto explica lo de las visitas inesperadas – respondió Michelle en tono de broma luego de procesar todo lo que Vicky acababa de contarle. Los hechos de dos años atrás la habían sorprendido: la lucha, la transformación de Zach para evitar su muerte y las consecuencias en la chica. Pero más aún la habían sorprendido los cambios que dicha transformación estaba produciendo ahora, tanto tiempo después. Nadie esperaba ninguna sorpresa pasado el primer año. Aquello era poco usual. Pero después de todo Vicky siempre había sido algo fuera de lo común. Al igual que ella misma.
– Me sorprende que no hayas preguntado como es que recuerdo todo – le dijo después de un rato.
Vicky le sonrió.
– Solo asumí que tal vez mi suposición había sido correcta – respondió.
La risa de Michelle se vio interrumpida por el ruido de pasos en las escaleras. Con sorpresa, dirigió la mirada hacia la ventana: desde afuera, la luz del sol entraba a raudales, indicando que la mañana ya estaba bastante avanzada. Tom y Cassandra no tardaron en aparecer por la puerta de la cocina, atraídos por la voz que conversaba con su hija. Ella exclamó su nombre con sorpresa, acercándosele y abrazándola tal como lo había hecho Vicky, evidentemente feliz de verla. Tom se mantuvo distante y serio. Como buen diplomático, sabía que su presencia no era una simple visita.
– Les prepararía café – dijo Vicky, captando la atención por un momento – pero no alcanza para cuatro. Apenas hay para uno – mientras decía esto, les mostró el frasco de vidrio casi vacío.
– Como si eso fuera café de verdad – masculló Tom.
– Por algún lado hay café en saquitos – dijo Cassandra mientras rebuscaba en una alacena.
– Eso es menos café que el instantáneo – se quejó su marido, agarrándose la cabeza con exagerada desesperación.
– Hay té – dijo Vicky, después de un momento –. Y es de verdad. Compramos té en hebras la semana pasada.
– Bueno, Michelle y yo vamos a tomar té. Discutí con tu madre quien se toma la última taza de café – instruyó Tom con autoridad –. Dudo mucho que Michelle haya venido a discutir cuestiones domésticas. ¿O me equivoco?
– Para nada – respondió ella.

– ¿Qué noticias tenés del viejo mundo? – preguntó Michelle una vez que todos estuvieron sentados en la mesa del comedor con una taza en la mano y algunas galletitas. Los vampiros no necesitaban la comida, pero por algún motivo se negaban a abandonar la costumbre de consumirla, de compartirla con otros. Para Vicky, era conservar parte de su humanidad perdida. Para Tom, la oportunidad de compartir algo con su familia. Solo para Cassandra y Michelle era una necesidad real. Aún así, ninguno se había dispuesto a hablar realmente hasta que el desayuno no había sido servido completamente.
– Algunas… No muchas – respondió Tom, inseguro e incómodo –. Solo rumores traídos por gente de poca confianza.
– Y por gente de poca confianza te referís a Sybilla. ¿Verdad?
Tom asintió en silencio, tomando un sorbo de su taza.
– ¿Y por casualidad entre los rumores que trajo tu hermana había algo sobre mi familia? – preguntó Michelle con aire enigmático. Tom no pudo evitar su sorpresa ante la expresión. La muchacha jamás se había referido a los Rose como su familia, hasta ahora.
– Más o menos. Dijo que… que había algunos conflictos internos. Pero todos eran rumores.
– Entonces tal vez te interese saber que mi hermano está muerto – largó la chica con total naturalidad. Tom casi se atraganta al escucharla.
– ¿Có… cómo? ¿Cuándo?
– Me reuní con él hace poco más de una semana. Dos días más tarde, estaba muerto.
– No habrás tenido algo que ver en eso. ¿Verdad? – preguntó el hombre con aparente miedo a oír la respuesta.
– Yo no lo maté, si eso es lo que estás preguntando. Intenté advertirle. Pero debo admitir que mi hermano tenía muy poca visión.
Se hizo una pausa. Todos la miraban, expectantes.
– Llevaba bastante tiempo observándolos y no me costó demasiado darme cuenta de que Miles, el hijo de mi hermano Harry, estaba planeando algo. El chico tiene casi quinientos años, y su padre no parecía tener intenciones de compartir el poder. Nada demasiado diferente a como se manejaba Arthur, salvo por una leve diferencia: cuando yo lo asesiné, Harry tenía quince años. Nunca tuvo que esperar, nunca tuvo que desear el poder. Le cayó en las manos siendo un niño. Miles solo necesitaba una lengua afilada que le envenenara la mente para levantarse en su contra.
– ¿Estás diciéndome que Miles Rose asesinó a su propio padre para obtener el poder?
– Básicamente. Aunque no fue el quien jaló del gatillo, por decirlo de algún modo.
– No entiendo que tiene que ver esto con nosotros – murmuró Vicky por lo bajo de forma casi inconsciente.
Michelle la miró con una sonrisa amarga. Luego clavó los ojos en Tom, indignada y furiosa.
– Quien asesinó a Harry Rose, quien es realmente la mente detrás de todo esto, es nada más y nada menos que James Blackeney.

16 jul 2012

Cazadores: Michelle. Parte 20.


Antes de continuar con la historia, una (no tan) pequeña nota de la autora:


Estimados lectores:

Como habrán notado ya, esta historia es un poco más compleja y rebuscada que la de Zach y Vicky. No sé si eso es algo bueno o malo, ya ustedes me lo dirán. Lo que sí noto es que en este formato, en entregas, se hace un poco más difícil de seguir que cuando uno la tiene en papel (o en un archivo) todo de corrido. Por lo tanto, quizás sean necesarias algunas aclaraciones para no obligarlos a volver atrás seiscientas veces.
Como dice la nota al costado de este blog, la historia de Michelle empieza dos años después de donde quedan Zach y Vicky, cuando Michelle regresa a la casa de los Collin. Inmediatamente, hay un cartelito que dice: "Cinco años antes...", el cual da inicio a un flashback, a como Michelle conoció a Vicky y su familia, y a la historia de este nuevo personaje. Este flashback terminó en la parte 19, es decir, en la entrega anterior a esta que están leyendo ahora.

Para que no tengan que volver a la primer entrega les recuerdo lo que había pasado: Michelle toca el timbre. Se vio movimiento en la ventana de Vicky y luego se abrió la puerta, en la que solo se veía oscuridad. Allí fue donde quedaron, y allí retomará la historia en este momento, solo para volver pronto al pasado, pero a uno más cercano: los últimos meses en la vida de los personajes que ya conocíamos, las consecuencias de lo que pasó antes. Ya sé que esto es complicado de seguir. ¡Por favor no me odien! Cuando empecé a publicar esta historia solo estaba escrita hasta la parte 19, todo lo demás eran escenas sueltas y notas en un documento en mi computadora. ¡Jamás imaginé que se iba a complicar tanto!

Lo que me lleva a un nuevo punto. Terminé de escribir la historia la semana pasada. Por razones personales no tengo tiempo de releerla y corregirla como es debido. Las opciones son: publicarla como está o esperar hasta fin de año. Todos sabemos que no estaría bien hacerlos esperar tanto, así que les pido disculpas con anticipación si hay cosas que no quedaron como corresponde. 
Ahora sí, dejo de torturarlos. Espero que disfruten de esta historia tanto como yo. Y no duden en comentar de forma positiva o negativa. Todo ayuda, todo suma y todo es bienvenido. Estoy complicada con el tiempo, pero prometo responder cualquier pregunta que les surja si la formulan. Gracias por leer.



Luthien

P.D.: La historia pasa a publicarse dos veces por semana, lunes y jueves.



Cazadores: Michelle. Parte 20.


De vuelta al tiempo actual.

MICHELLE

– ¡Michelle! – exclamó la voz de la muchacha desde las sombras, abalanzándose sobre ella y abrazándola con fuerza. Por un momento lo único que hubo frente a sus ojos fue un manojo de rizos negros.
– De todas las visitas inesperadas, esta es la única que me da gusto – agregó la chica mientras se separaba y le dejaba espacio para entrar – ¿Qué te trae por acá y a esta hora?
Michelle avanzó en silencio intentando verla con claridad en las sombras. La chica caminó hasta la cocina y prendió una luz, invitándola a sentarse. Había algo en ella que no era normal, aunque no lograba precisar que.
– Vicky – le dijo después de un momento a modo de reconocimiento. Debía haber algo en su mirada que le demostró su malestar, porque la muchacha dejó de sonreír un momento.
– Si, ya sé – le dijo mientras se recogía los rizos y dejaba a la vista el rostro de una muchacha de diecisiete años –. No parezco de diecinueve. ¿Verdad? Ni parezco humana tampoco.
Michelle la observó nuevamente. ¡De eso se trataba! Por primera vez veía en el rostro de Vicky la cara de un vampiro: esos inexplicables rasgos sobrenaturales que daban a entender que aquello que uno tenía en frente no era humano y era… peligroso. Hermoso y peligroso a la vez.
– ¿Qué fue lo que pasó? – le preguntó sin poder quitarle los ojos de encima.
– Yo… fui parte de la primera transformación doble de la historia y… estuve muerta tres días – respondió la chica con el tono más casual que pudo encontrar y una sonrisa visiblemente forzada.
Le fue imposible ocultar su sorpresa, lo que le provocó a la muchacha un ataque de risa. Sin decir nada se acercó al horno y puso agua a calentar. Acto seguido sacó dos tazas de la alacena y empezó a pasearse por la cocina buscando todo lo necesario para preparar dos tazas de café.
– ¿Y quién era la otra persona de la… doble transformación? – preguntó nuevamente Michelle tras un esfuerzo por volver a encontrar su voz.
El rostro de Vicky se ensombreció.
– Zach era… un cazador. Salimos durante un tiempo.
– ¿Un cazador? Parece que es un mal de familia, eh – Vicky no pudo evitar sonreír ante aquel comentario. Michelle le devolvió el gesto con algo de alivio. – ¿Y qué pasó que dejaron de salir?
– Es… una historia larga – respondió la morocha alcanzándole una taza y sentándose en una de las banquetas del desayunador. Ambas quedaron cara a cara con las tazas humeantes entre las manos.
– Bueno… A menos que tu papá pueda atenderme ahora mismo, creo que tenemos toda la noche para que me cuentes – le dijo ella esbozando una sonrisa. Sabía que Tom estaba durmiendo y lo conocía lo suficiente como para saber que no iba a levantarse por ella a aquella hora. Siempre había sido una persona muy particular, incluso para ser vampiro.
Vicky asintió. Michelle tenía razón.

Dos meses antes…

VICKY

Linkin Park - Ppr-kut

No se había percatado de las voces hasta unas semanas antes. Habían empezado como murmullos casi imperceptibles y de a poco se habían vuelto más y más claros. Un día, sin darse cuenta, estaba respondiendo una pregunta que su madre no había formulado y entonces lo supo: estaba escuchando lo que la gente pensaba. Por eso las calles y las clases se sentían tan ruidosas. Al bullicio habitual estaba sumándole lo que ella captaba y estaba solo en su cabeza (y en la de cada una de las personas individuales que la rodeaban). No había tardado en volverse una pesadilla que le producía una migraña casi constante y la ponía de pésimo humor y si algo tenía muy claro era que los analgésicos eran inútiles en la sangre de un vampiro. Lo había intentado de todos modos sin resultados. Tenía que aprender a tolerarlo. Y a controlarlo. ¿Pero cómo?
Esta nueva capacidad había hecho que miles de interrogantes empezaran a acosarla. Si aquello era parte de su transformación… ¿Cabía la posibilidad de que, tarde o temprano, ella y Zach terminaran convertidos en hijos de la noche, incapaces de exponerse a la luz del sol? Y si esto sucedía: ¿Cuándo sería? ¿Cuánto tiempo tenía para disfrutar del sol?
No tardó en darse cuenta de que Zach estaba pasando por lo mismo. Pasados los primeros días, cuando la sed volvió a atacarlo, el muchacho había empezado a mostrar hostilidad: su nueva condición no le agradaba en lo más mínimo. No hacía más que recordarle que toleraba aquello solo por ella, que hubiera sido incapaz de hacerlo solo. Ahora, dos años más tarde, este nuevo síntoma había despertado su hostilidad nuevamente. Zach estaba intratable. Incluso Liz y Dylan habían notado que algo no andaba bien, aunque el muchacho había preferido no decir nada para no incomodarlos. Vicky ya no se sentía a gusto en su casa desde que sus padres sabían que podía escuchar lo que pensaban, si bien no con tanta claridad como con personas comunes: la mente de un cazador se percibía algo confusa, la de un vampiro era casi impenetrable. Probablemente con un esfuerzo que ninguno de los dos estaba dispuesto a hacer. Pero ciertos pensamientos se proyectaban de todos modos y a nadie le gustaba la invasión de la intimidad.
Justamente de eso le hablaba Liz mientras salían de clase. Jamás lo habían planeado, pero ambas habían terminado estudiando la misma carrera en la misma universidad, por lo que coincidían en la mayoría de las materias. Esto había hecho que su amistad se volviera aún más sólida. La otra parecía haber aceptado sin problema que ella y Zach estuvieran de novios y jamás había mostrado ningún tipo de oposición. Las pocas veces que Vicky había intentado sacar el tema, al principio, esta se había limitado a argumentar que de no ser por ella, Zach estaría muerto y que por lo tanto ella no tenía derecho a intervenir si él a había elegido. Con el tiempo quedó claro que el solo hecho de que el muchacho siguiera con vida era más que suficiente para ella. Había aprendido a verlo como él la veía a ella. En ocasiones se preguntaba si esto era verdad. Ahora que podía comprobarlo no quería hacerlo. Ojos que no ven, corazón que no siente, dicen. Hay ciertas cosas que es mejor no saber.
Liz le llamó la atención. Se había perdido nuevamente en sus pensamientos y el barullo. Tenía que encontrar la forma de concentrarse en una cosa a la vez y no dejar que lo demás la distrajera.
– Perdón, no sé donde tengo la cabeza – le respondió. Liz le sonrió.
– ¿Dormiste anoche? Tenés unas ojeras espantosas. Nunca había visto un vampiro tan ojeroso en mi vida.
Vicky le devolvió la sonrisa, pero sabía que no se veía sincera.
– Vicky. ¿Qué pasa? Zach está insoportable y vos vivís en las nubes. Parece que ninguno de los dos estuviera durmiendo. ¿Pasó algo? ¿Discutieron? – la voz de Liz indicaba preocupación. Su mente le decía que así era. De verdad quería hablar con ella, contarle lo que pasaba. Pero Zach nunca se lo hubiera perdonado y corría el riesgo de que Liz se distanciara también de ella. Poder leer su mente era invadir un espacio que no le correspondía.
– No es nada – mintió finalmente conteniendo un suspiro –. Estamos los dos con muchas cosas en la cabeza. Y hay cosas a las que Zach no se termina de acostumbrar todavía.
– Pero ya pasaron dos años – replicó su amiga con sorpresa –. Pensé que después de todo este tiempo…
– Convertirse en un vampiro no es cosa simple. La sed es difícil de manejar. La dependencia de la sangre es algo a lo que no todos se acostumbran. Y lleva tiempo; mucho tiempo. Dos años no es nada para alguien que va a vivir eternamente – mientras decía esto, los ojos de Vicky se iban ensombreciendo. Eternidad: no estaba segura de poder tolerarla; no así, al menos.


2 jul 2012

Cazadores: Michelle. Parte 18.


TOM

Como él les indicó, William y Milena regresaron a la planta baja. Él, sin embargo, permaneció allí junto a la puerta, escuchando. Michelle estaba histérica. Por un momento había temido que la amnesia hubiera vuelto a atacar. Nada más opuesto a ello: la muchacha había entrado en shock frente a un recuerdo demasiado horroroso; un hecho que ninguno de ellos sabía que existía. Michelle nunca había dicho estar embarazada. ¿O sí? ¿Seth sabía de aquello? Debía hablarlo con él urgentemente. Pero primero debía calmarla, saber que había pasado realmente y cuando. Pensaba darle a Vicky algo más de tiempo, pero la mención del nombre lo hizo cambiar de opinión. Sin anunciarlo, abrió la puerta de par en par y entró en la habitación, cerrándola nuevamente a su espalda. Su hija lo miró con reproche: la otra seguía desnuda; pero la gravedad del asunto era demasiada. No podía quedarse allí esperando.
Con toda la calma que pudo se acuclilló frente a Michelle, buscando los ojos de la chica con los suyos. Ella lo observó sin decir una palabra. Su rostro estaba hinchado de tanto llorar y sus ojos estaban rojos.
– Necesito que me digas exactamente qué fue lo que pasó – le dijo –. Y cuándo.
Ella asintió en silencio, abrazándose a si misma como buscando consuelo.

MICHELLE

No podía recordar absolutamente nada. No sabía como había llegado a aquel lugar. No podía recordar ni su nombre, quien había sido en el pasado. Nada. Era como si recién hubiera nacido. Solo que su reflejo le decía que tenía que tener unos dieciocho años, tal vez menos, tal vez más. Y el tamaño de su vientre dejaba claro que estaba por lo menos de siete meses, tal vez más. Por momentos sentía como su bebé se movía dentro de ella, una sensación que le resultaba fascinante y aterradora a la vez. Si tan solo supiera de donde había venido, quien era el padre de aquel bebé que crecía dentro de ella y por que no estaba a su lado, como había llegado a aquel lugar.
Un par de días antes una mujer le había dado un abrigo. Le quedaba enorme, pero era muy abrigado y la protegía del viento helado. Al cerrarlo, incluso disimulaba que estaba embarazada. Se acercaba la noche y no tenía a donde ir. Con un poco de suerte conseguiría algo para comer. Tendría que dormir nuevamente en la calle, a la intemperie. Mientras analizaba su reflejo en una vidriera, meditando sobre como proceder, un rostro familiar le llamó la atención. Había un muchacho observándola. No parecía mucho mayor que ella. Tenía el cabello oscuro y ojos claros, al parecer azules. Su rostro le decía que la conocía, y ella estaba segura de haberlo visto antes, aunque no sabía donde ni cuando.
– Michelle – la llamó, sorprendido y feliz, acercándosele por la espalda. Ella giró sobre sus talones y quedó frente a frente con el muchacho que le sonreía.
– Te conozco. ¿Verdad?
Él dejó escapar una risa alegre antes de responder.
– ¡Claro que sí! ¡Desde hace mucho!
Ella le sonrió con timidez, esperanzada. Tal vez no tendría que pasar la noche en la calle después de todo.
Él la llevó a un restaurant de comidas rápidas, donde le compró algo de comer. No se había dado cuenta de cuan hambrienta estaba hasta que tuvo la hamburguesa frente a sus ojos. Luego, mientras le hablaba de cómo se habían conocido en el pasado, la guió hasta un edificio bajo, a un departamento. Era simple pero cálido y acogedor. Michelle dudó un momento antes de entrar, y una vez adentro la indecisión volvió a apoderarse de ella. El muchacho seguía hablando sin percatarse de su malestar mientras se quitaba el abrigo y la invitaba a sentarse y a sacarse el suyo.
– ¿Qué pasa? – le preguntó él luego de unos minutos.
– ¿Cuánto hace que decís que no nos vemos? – preguntó ella, temerosa.
– Por lo menos tres años – respondió él, dando un paso hacia ella, sin comprender.
Michelle dio un paso hacia atrás, hacia la puerta, no muy segura de cómo proceder. Él volvió a preguntarle que le pasaba. Sin decir nada, se desabrochó el abrigo y lo abrió de par en par. La expresión del muchacho cambió automáticamente. La sonrisa desapareció de su rostro y en él solo hubo una furia inhumana. Sus ojos se pusieron rojos, como en llamas, y una palabra brotó de sus labios como un rugido: Seth.
Aterrada, Michelle se dio media vuelta, dispuesta a salir de aquel lugar. Él fue más rápido e lo que cualquier humano podría haber sido. Antes de que pudiera alcanzar la puerta, un brazo la sujetó con fuerza. Maldiciendo en un idioma que no podía comprender, el muchacho la atrajo hacia sí mismo y la rodeó con el otro brazo. Cuando lo hizo, un dolor desgarrador la invadió. Al bajar la vista comprendió que sucedía: en la mano izquierda, su mano hábil, el muchacho sostenía un cuchillo, y acababa de apuñalarla en el vientre. El dolor era insoportable, como si se quemara por dentro. Sintió a su bebé retorcerse dentro suyo y dejó escapar un grito desesperado. No tardó demasiado en desmayarse.

Michelle se abrazó el vientre mientras contaba la historia, incapaz de dejar de llorar.
– Fue James, él lo hizo – volvió a decir por milésima vez mientras Vicky y Tom la sostenían, intentando consolarla. James había asesinado a su bebé, y Seth nunca había sabido nada al respecto. Ambos hermanos estaban ahora juntos. Seth confiaba en James y ella también había confiado en él. Y él los había traicionado a ambos.
Tom se puso de pie, serio. Mientras Vicky intentaba convencerla de que se pusiera un vestido, él caminaba de un lado a otro de la habitación como un tigre enjaulado. Michelle intentó calmarse y escuchar a la muchacha. La chica le sonrió y la ayudó a vestirse. Luego le dijo algo que no comprendió y salió de la habitación escaleras abajo. Entonces él volvió a mirarla, evidentemente más cómodo ahora que tenía ropa puesta.
– Sé donde se hospedaba James por aquel entonces. Conozco el departamento. Pero no está en territorio de Seth. Ese es mí territorio y voy a asegurarme de que pague por lo que te hizo. Te lo prometo.
Sabía que él decía la verdad.

18 jun 2012

Cazadores: Michelle. Parte 16: Michelle.

Después de que William presentara también a su hija, todos los miembros de la familia Collin parecían haberse olvidado de Michelle. Al contrario de lo que podía parecer, para ella representaba una ventaja: tenía tiempo sola para meditar, pensar, tratar de recordar, de aclarar su mente. De forma casi automática, se metió en el baño y se dio una ducha. Chequeando que no hubiera nadie en la planta alta, entró en la habitación que ella y Vicky compartían envuelta en una toalla. En un rincón había un espejo de cuerpo entero que parecía apoyado contra la pared. Su reflejo en él la sorprendió: hacía mucho que la imagen no le devolvía el rostro de un vampiro; pero allí estaba, en el brillo de sus ojos, en el aspecto de su piel, en su porte sobrenatural; incluso en su cabello, que ya no parecía pajoso como antes. Mientras revolvía su poca ropa en busca de algo para ponerse, la toalla que la cubría resbaló y cayó al piso. Mientras se inclinaba a levantarla, algo en su reflejo en el espejo le llamó  la atención. Olvidando la prenda, caminó hasta él sin quitarle la vista a la imagen de su abdomen. Apenas por arriba de la cadera, entre esta y el ombligo, hacia el lado derecho, había una cicatriz. Era una línea de unos cinco centímetros, gruesa e irregular. Al tacto, se la sentía como una pequeña protuberancia que sobresalía un poco sobre el resto de la piel. Jamás había notado que estaba allí, nunca le había prestado atención. Con cuidado, repasó cada uno de los recuerdos que habían vuelto a ella, todas las ocasiones en que se había visto a sí misma sin ropa, o con aquella parte del cuerpo descubierta. Estaba segura de que aquella cicatriz nunca había estado allí en esos recuerdos. ¿Cómo era posible? ¿Y, además, qué elemento sería capaz de dejarle una cicatriz así a su cuerpo sobrenatural? ¿Qué clase de herida podía no haber sanado completamente con la siguiente ingesta de sangre?
La respuesta le produjo en escalofrío: el arma de un cazador. Alguna de aquellas cosas que George había inventado, capaz de envenenar la sangre de un vampiro y volverlo cenizas. Su sangre humana era demasiado potente como para arder, pero la cicatriz era irreversible. Lo había visto en el pasado, en otros como ella. ¿Acaso se había enfrentado a un cazador? No recordaba… Pero había tanto que aún no recordaba. Con ojos de cazadora analizó la marca. Por la posición, era poco probable que el atacante hubiera estado de frente a ella. Aquello había sido hecho por la espalda. Su contrincante debía haberla atacado por la espalda, rodeándola con sus brazos y apuñalándola de frente mientras la inmovilizaba. Y, por el lugar en el que estaba y la precisión, el agresor debía ser hábil con la mano izquierda.
Aquella conclusión la hizo caer pesadamente sobre la cama, sentada, incapaz de sacar la vista del espejo pero sin verlo realmente. Frente a ella había un muchacho de ojos azules y cabello oscuro acariciándole el rostro con la mano izquierda; un muchacho que era zurdo y que ella conocía bien.
– No puede ser – susurró con horror para sí misma. Sus manos se dirigieron instintivamente hacia la cicatriz. Al verse así en el espejo, una sensación de fatalidad aún mayor la invadió. Olvidando que estaba sin ropa se dirigió al escritorio. Con desesperación buscó las últimas páginas escritas del diario. Allí estaba, diez años antes, la noche en que ella y Seth habían cenado, el beso y todo lo demás que había recordado. Y, luego, la última entrada, unos meses más tarde.

Ya han pasado meses desde la última entrada y por momentos temo que en cualquier momento podría volver a olvidar. Sé que debería escribir más seguido, crear un recuerdo de estos días, un registro por si todo vuelve a desaparecer, por si debo volver a empezar. Pero todo ha sido tan perfecto que no quiero perder ni un solo segundo. Sé que, sin importar lo que escriba, nada podrá devolverme la sensación experimentada en cada momento, los sentimientos, la felicidad. Si alguna vez tuve una duda, ha desaparecido. No importa lo que pase, este es mi lugar, junto a Seth. Los siglos han dejado muy claro eso, y estos últimos días solo lo han confirmado. Pero algo ha sucedido que me da temor y es por eso que he vuelto a este diario, al único lugar privado en que puedo plasmar mis miedos y sé que nunca desaparecerán.
Hace varios días que empezaron las molestias. Nunca me había sentido así en mi vida, estoy segura. Aún así, después de dieciséis años de compartir una celda con mi madre, de verla en todos los estados posibles, no me queda ninguna duda de los síntomas. Solo me resta saber que pensará Seth al respecto y debo decir que me aterra. ¿Encontraremos la forma de salir adelante si la amnesia vuelve a aparecer? ¿Podré tolerarlo? Estoy aterrada y sé que debo hablarlo con él, pero no sé como lo tomará. ¿Estará feliz? ¿Con una relación tan irregular, cómo se le dice al otro que pronto habrá alguien más?

Las notas terminaban allí. Michelle palideció al llegar a la última pregunta. Su sensación de hacía tan solo un instante había sido correcta. Y la realidad frente a sus ojos era aterradora: al irse, diez años atrás, había estado embarazada.

11 jun 2012

Cazadores: Michelle. Parte 15.

MICHELLE


Tom y William llevaban un rato sentados en los sillones del living, uno frente al otro, sin decir una palabra. Michelle se había refugiado en la cocina, donde todos sabían que podía escucharlos, pero al menos no estaba en el medio. No había demasiados otros lugares donde ir en aquella casa, de todos modos y habiéndose alimentado recientemente ninguna de las paredes era suficientemente gruesa como para evitar que escuchara si así lo deseaba. La tensión entre ambos era importante y difícil de romper. Su mente confusa no tardó demasiado en decirle por que: William era el hermano de Tom. No solo eso, curiosamente para los de su raza, entre uno y otro había unos pocos años de diferencia: ambos se habían criado juntos. Siempre habían sido muy unidos. Ese era el recuerdo que tenía de ellos, de cuando los había conocido en el pasado, junto a Seth. Pero luego toda la familia de Tom le había dado la espalda cuando él había conocido a Cassandra. Nuevamente, dos hermanos separados por culpa de una mujer. Incluso Michelle se preguntaba qué hacía allí el menor en aquel momento.
– Vine a disculparme – dijo por fin William, como leyéndole la mente, rompiendo el silencio.

TOM

– Vine a disculparme – dijo William. Tom lo miró algo incrédulo. Estaba decidido a ser impasible con su hermano, así como él había sido con él.
– Yo sé que no debería haberte dado la espalda – siguió el otro, ante su silencio –. Sabés que siempre fue difícil para mí llevarle la contra a nuestros padres.
Tom permaneció en silencio. Su hermano lo observaba desde su asiento, impaciente. Evidentemente esperaba otra cosa.
– No sé que esperás que te diga después de quince años – le respondió un momento más tarde –. Supongo que: ¡bien por vos! ¡Aprendiste a tomar tus decisiones! – El tono fue extremadamente irónico y, según reflejó el rostro del otro, hiriente. La conversación parecía no poder llegar a ningún lado. En el fondo, Tom estaba demasiado resentido. Que sus padres le dieran la espalda no lo había sorprendido, pero Will… Eso había sido como una puñalada en la espalda, después de todo lo que él había hecho por su hermano menor.
– Entiendo que me odies por lo que hice, especialmente después de que me apoyaras con Justine – volvió a hablar su hermano como leyéndole la mente –. Yo debería haberte apoyado como vos me apoyaste a mí y no lo hice. Pero la situación era demasiado arriesgada. ¡Ni siquiera sabía si podíamos confiar en Cassandra! Y vos estabas tan obnubilado con ella que no estaba seguro de que pudieras ver las cosas con claridad. Además, era una adolescente. Pensé que se te iba a pasar en unos años. Ni siquiera pensé que fueran a durar demasiado… ¡Ella era demasiado chica!
Tom esbozó una sonrisa irónica. Su hermano no tenía la menor idea.
– Es verdad que Cassandra tenía casi dieciocho años, que era chica. Pero deberías haber confiado un poco más en mi juicio. ¿No te parece?
William bajó la vista avergonzado. Tal vez era hora de ceder un poco. Era cierto que iban a vivir eternamente; pero eso no significaba que tuviera intención de pasarse todo ese tiempo enemistado con su hermano.
– ¿Puedo preguntar que es lo que te hizo cambiar de opinión ahora?
El otro alzó la vista. Sus ojos brillaron con un dejo de esperanza. Inmediatamente su rostro se volvió sombrío, como si lo invadiera un mal recuerdo.
– Justine – empezó, refiriéndose a su esposa. Tom lo había ayudado a que sus padres la aceptaran. La muchacha pertenecía a un clan con el que no tenían relaciones y sus padres no la habían considerado adecuada. Ellos lideraban el clan, debían formar alianzas. Justine no ayudaba a eso –. Ella… falleció.
Tom sintió como le caía el alma a los pies. ¿Muerta?
– ¿Cómo? – preguntó casi sin darse cuenta.
Los ojos de William se desviaron a la cocina antes de responder, hacia donde sabía que estaba Michelle:
– Es culpa de los Blackeney y los Rose y de su eterna guerra. Los Blackeney dicen que fue un accidente. Sinceramente, no lo sé. Pero esa es una guerra de la que deseo alejarme lo más posible, aunque ahora veo que tal vez nunca pueda.
– Michelle está de paso – se apresuró a decir Tom, aún sin reponerse de lo que su hermano le contaba –. Y los Rose no tienen territorios en el nuevo mundo. No en esta zona, al menos. Aunque los Blackeney son parte de nuestros vecinos.
– Lo sé, pero Seth se mantiene al margen de esa guerra desde antes de que nosotros naciéramos – respondió el otro –. Como sea, necesito un lugar donde empezar de nuevo.
– ¿Y qué tiene que ver eso conmigo? – Preguntó Tom, sintiendo que le faltaba una pieza en aquella historia – ¿Por qué venís a disculparte conmigo? No creo que la muerte de Justine tenga mucho que ver con nosotros. ¿O sí?
William suspiró.
– En parte, es por que es lo que debería haber hecho desde el principio. Y, por otro lado… por Milena.
– ¿Milena? – Tom se sentía perdido.
– Milena es… mi hija. Y de Justine. Ella necesita una familia con la que crecer. Si me pasa algo, necesito estar seguro de que no va a estar sola. Nuestros padres nunca aceptaron del todo a Justine. Menos a Milena. Ellos le darían la espalda. Yo… yo sé que vos no harías eso con ella.
Tom podía leer la vergüenza en los ojos de su hermano: sabía que él nunca le daría la espalda y, de todos modos, eso era precisamente lo que él le había hecho. Y ahora volvía a él por eso: por que confiaba en que no le daría la espalda a su hija a pesar de lo que él le había hecho. En el fondo Tom sabía, además, que su hermano tenía razón. No podía darle la espalda a una niña.
– Ella acaba de cumplir trece años – siguió hablando William, como queriendo asegurarse de convencer a su hermano.
El ruido de llaves abriendo la cerradura lo interrumpió y sacó a Tom de sus pensamientos. Sus ojos se desviaron a un reloj: era mediodía. La puerta se abrió de par en par y se volvió a cerrar a espaldas de una sorprendida Vicky que miraba a ambos hombres con asombro. La muchacha no era tonta: había notado automáticamente el parecido entre los dos hombres.
– Hola – dijo con timidez, mirando a uno y otro y finalmente dirigiéndose a su padre. William estaba atónito. No podía quitarle los ojos de encima a la niña que acababa de irrumpir en la habitación. Las palabras parecían atoradas en su garganta. Tom esbozó una sonrisa. William no se esperaba aquello, era evidente. Luego se puso de pie y se acercó a su hija, rodeándole el hombro con un brazo y acercándola a su hermano.
– Will, ella es Victoria, mi hija – empezó a presentarlos –. Vicky, él es William…
– Es tu hermano – lo interrumpió la chica antes de que pudiera terminar la frase con los ojos grandes como platos. Tom sonrió. La situación familiar empezaba a verse de un modo positivo.

4 jun 2012

Cazadores: Michelle. Parte 14: Michelle.

Hacía mucho que no dormía como aquella noche. Por primera vez en un buen tiempo, no había habido imágenes o recuerdos, buenos o malos. Por primera vez, había descansado. Vicky ya se había levantado. La había sentido saltar de la cama en cuanto había sonado el primer ruido del despertador. Probablemente estuviera despierta desde antes, porque jamás se había levantado tan rápido desde que había llegado. Por el sol que entraba por la ventana, seguramente estaba en el colegio. Con parsimonia, sin ningún apuro, se desperezó y se levantó. Luego de comprobar que no había nadie en la planta alta, se metió al baño y se dio una ducha. Luego bajó. Cassandra estaba trabajando, así que la única otra persona en la casa era Tom, quien para poder permanecer mayor tiempo insertado en el mercado laboral había conseguido un título de traductor y trabajaba únicamente a distancia, en su casa, desde una computadora portátil. La máquina estaba sobre la mesa del comedor, junto a un puñado de papeles, y Tom estaba en la cocina, preparándose, a juzgar por el aroma, una taza de café.
– Parece que dormiste bien – le dijo mientras ella se acercaba –. ¿Querés algo para desayunar? Estoy preparando café.
Michelle le sonrió y aceptó, sentándose en la esquina de la mesa.
– Cassandra me dijo que Vicky y vos salieron juntas ayer. Dijo que Vicky estaba rara antes de irse. ¿Pasó algo? – le preguntó él mientras le acercaba una taza humeante y un plato con galletitas dulces y se sentaba a su lado con otra taza.
Michelle meditó un momento antes de contestar, saboreando un trago de café y aclarando su mente.
– Tu hija tiende a dejarse estar con ciertos aspectos – dijo, viendo si él comprendía a qué se refería. Los ojos de Tom brillaron.
– La sangre – dijo en un suspiro –. Es un asunto delicado. Supongo que ella ya te habrá puesto al tanto.
– Bastante – reconoció –. Pero hay algunas cosas que no me terminan de quedar claras. Es decir… Nunca pensé que después de tantas generaciones… el gen vampírico se siguiera transmitiendo.
– Evidentemente, no tuviste ningún trato reciente que recuerdes con cazadores – dijo Tom con una risita –. Generación tras generación, los cazadores se volvieron una raza diferente: son más fuertes y rápidos que las demás personas. Por supuesto, siguen siendo mortales, no saben que es la sed, y no se comparan con nosotros en ningún otro aspecto. Pero al parecer los genes siguen siendo lo suficientemente fuertes como para transmitirse y hacer que un cazador y un vampiro tengan hijos… como Vicky.
Cuando dijo esto último, Michelle pudo percibir en su voz un dejo de dolor. Y no lo culpaba: Vicky estaba atrapada entre dos mundos totalmente opuestos sin pertenecer realmente a uno ni al otro. Tom sabía que su hija no era feliz con su condición, pero no había nada que él pudiera hacer para cambiarla.
– Si Vicky tuviera trato con otros vampiros de su edad, tal vez su situación no le produciría tanto rechazo – concluyó el hombre con un tono algo ausente –. Pero mi familia no me dirige la palabra desde que supieron de Cassandra. La de ella estuvo un tiempo, mientras Vicky era chica, aunque creo que solo intentaban convencerla de que me dejara y volviera con ellos. Cuando vieron que Vicky era un vampiro de forma irremediable, desaparecieron. Y la única razón por la que sigo teniendo poder por sobre los demás vampiros del clan es por que no saben de Cassandra y Vicky. Automáticamente me rechazarían como líder si lo supieran. No es que sea adicto al poder ni nada de eso, pero al menos me garantiza que puedo protegerlas, llegado el caso.
– Es una situación complicada – concluyó Michelle con un suspiro luego de escucharlo.
El resto del desayuno transcurrió en silencio. Tom se sentó nuevamente frente a su computadora y se dispuso a trabajar, dejando a Michelle sumida en sus pensamientos. Una vez ambos hubieron finalizado sus bebidas, levantó todas las cosas y se dispuso a lavar las tazas y ordenar todo. Ya suficiente estaban haciendo por ella al recibirla en su casa. Su estancia se estaba prolongando más de lo que ella hubiera deseado, pero no tenía otro lugar donde ir. Al menos haría todo lo posible para no ser una carga.
Cuando estaba terminando, el sonido del timbre la sacó de sus pensamientos. Tom y ella se miraron un momento: ninguno de los dos esperaba a nadie.
– Yo miro – le dijo ella para que él no tuviera que interrumpir su trabajo. Una vocecita en su interior empezó a rogar que no fueran ni Seth ni James. Aún no estaba preparada para enfrentar a ninguno de los dos hermanos.
Al abrir la puerta se encontró cara a cara con un muchacho de edad indefinible. Podía tener entre veinte y treinta, y ni siquiera su forma de vestir parecía confirmar una o la otra. Su cabello era negro y rizado, y tenía ojos grises. Michelle no recordaba haberlo visto jamás en la vida, pero un nombre resonó dentro de su cabeza solo con verlo. Él estaba visiblemente nervioso y a la vez sorprendido: no esperaba que fuera ella quien abriera la puerta. Y, obviamente, sabía quien era ella. Se hizo un silencio incómodo mientras ambos buscaban las palabras para romper el hielo. Finalmente, fue la voz de Tom la que lo hizo.
– ¿Quién es? – preguntó desde su silla, la mirada fija en la puerta entreabierta.
Michelle dudó un momento. Luego abrió la puerta de par en par, dejando que ambos hombres se vieran, y pronunció en voz alta el nombre que su cabeza le decía pertenecía a aquel hombre: William.

21 may 2012

Cazadores: Michelle. Parte 12: Michelle.

Al despertar, le tomó un instante comprender donde se encontraba. En el fondo de su ser, deseaba poder ir a Seth, poder revivir alguna de todas esas noches, alguno de esos recuerdos. Cada vez estaba más segura de que de los dos hermanos era él, no James, aquel al que amaba por sobre todas las cosas. Pero no deseaba apresurarse en sus conclusiones.
Fue entonces cuando sintió la respiración de Vicky. La niña estaba durmiendo en el colchón en el suelo y ella sobre la cama. Aquel había sido su acuerdo: turnarse. Por el ritmo irregular de su respiración pudo advertir dos cosas: la chica estaba despierta y algo no andaba bien.
– Vicky – la llamó en voz baja –. ¿Qué pasa?
– No puedo dormir – respondió la otra con voz entrecortada. Su tono la alarmó. Sin pensarlo dos veces, se levantó de la cama y prendió la luz.
Vicky estaba hecha un ovillo, el rostro pálido apenas asomando por debajo de las sábanas y frazadas que la cubrían. A pesar de ellas podía notar como la niña temblaba. Parecía muerta de frío.
– ¿Qué pasa? – le preguntó en un tono más alto, notablemente alarmada, mientras saltaba a su lado y buscaba con su mano la frente de la chica, intentando ver si tenía fiebre. Se sorprendió al ver que no solo la chica no ardía sino que, todo lo contrario, tenía la piel helada. Como Seth en sus recuerdos, pensó por un momento. ¿Cómo podía ser? Pensaba que Vicky era una niña normal. O, más bien, como ella.
– Voy a buscar a tu papá – le dijo, algo asustada, sin animarse realmente a levantarse de su lado.
– ¡No! – le rogó la chica, tomándola del brazo con una fuerza que no creyó que pudiera tener. Con un esfuerzo, Vicky se sentó en su improvisada cama y clavó en ella sus ojos grises. No había miedo, ni un ruego o una súplica; solo firmeza. Aquella muchacha tenía la sangre de un líder, de eso no cabían dudas.
– Acompañame abajo. Necesito un café, nada más – le dijo entonces, tendiéndole una mano para que la ayudara a ponerse de pie.
Una vez abajo, la chica preparó dos tazas de café y se sentó en una banqueta frente al desayunador, invitándola a acompañarla. Michelle la miraba desde un rincón aún sorprendida. Al parecer, no era la primera vez que algo así le pasaba: Vicky se manejaba con total naturalidad a pesar del temblor violento de todo su cuerpo.
– ¿Qué es lo que está pasando? – le preguntó por fin, sentándose frente a ella y tomando la taza entre sus manos, más por el calor que por la bebida en sí.
Vicky le sonrió. En aquel momento comprendió que aquello que tenía frente a sus ojos no era una niña y probablemente nunca lo había sido del todo, sin importar cuanto se hubieran esforzado sus padres. Sus ojos grises eran los de alguien que ha visto y vivido más de lo que aparenta.
– ¿Qué sabés de la sed? – le preguntó la chica entonces con total seriedad.
– Si un vampiro bebe una cantidad considerable de sangre cada vez que se alimenta, no aparece hasta aproximadamente una semana más tarde. Se siente como un dolor en las encías, por los colmillos que insisten en extenderse, especialmente cada vez que un humano está cerca. También como un fuego en la garganta. Al menos eso es lo que me dijeron. Al principio se puede controlar, pero después de un tiempo no. Es fácil darse cuenta, porque la piel del vampiro empieza a perder su temperatura corporal. Se enfría. Parece hielo. Como… como vos ahora.
La respuesta a su propia pregunta empezaba a hacérsele cada vez más clara.
– Es verdad. Más o menos a los diez días, la sed empieza a volvérseles intolerable y el cuerpo empieza a enfriárseles. Si no consumen sangre, al mes entran en estado catatónico y se van consumiendo de a poco. En un año están hechos polvo, muertos.
Vicky hablaba con total naturalidad, como repitiendo una lección escolar que le resultaba interesante. Michelle no podía sacarle los ojos de encima.
– ¿Nunca te contaron la historia de cómo se conocieron mi mamá y mi papá, verdad?
Michelle negó con la cabeza, sin entender que tenía que ver aquello con lo que pasaba en ese preciso momento. La chica pareció darse cuenta, porque dejó escapar una carajada antes de ponerse seria y empezar a hablar de nuevo:
– Creo que es por eso que Seth y mi papá se llevan tan bien. Cuando mis papás se conocieron, mamá tenía dieciséis años. Estaban en una fiesta. Creo que mi papá estaba de cacería. Y cuando fue a hincarle el diente a la chica linda se encontró con que tenía una daga en el pecho – la voz de Vicky se había vuelto casi pícara en ese punto. Sus ojos, sin embargo, seguían cada reacción de su interlocutora con atención –. Mi mamá era una cazadora.
Michelle estaba azorada. Jamás hubiera imaginado que Cassandra pudiera ser una cazadora. Claro que eso explicaba muchas cosas sobre ella y su relación y la de Tom con el resto de sus familias. ¿Pero que tenía que ver aquello con el temblor? Después de dudarlo un momento, lo preguntó.
– ¡Michelle! Fuiste de las primeras cazadoras. ¿Ya te olvidaste quienes componían tu grupo?
– Eran todos… mestizos, como yo – recordó, casi ausente. ¿Cómo podía ser tan tonta? Eran hijos de vampiros. La sangre vampírica era muy fuerte en las familias de cazadores, aunque la sed hubiera desaparecido.
Vicky sonrió cuando vio en el rostro de la otra que había comprendido.
– La sed – explicó la chica – es parte de mi vida. Desde siempre. Solo que se maneja con otros tiempos – Michelle la miraba con asombro mientras hablaba. Jamás había escuchado hablar de algo así –. Generalmente tarda como el doble de lo que tarda en un vampiro normal en aparecer. Si las dejo pasar, se va volviendo algo más fuerte, aunque no incontrolable. Pero tiene un efecto secundario – al decir esto, Vicky dejó su mano temblorosa suspendida en el aire entre ellas: el temblor –. La ventaja: puedo estar dos meses sin probar una gota antes de entrar en estado catatónico.
El tono se había vuelto lúgubre.
– ¿Cómo… cómo sabés eso? – no fue hasta que terminó de formular la pregunta que Michelle se percató de que tal vez no quería saber la respuesta.
– Ya me pasó. Mi papá me encontró y se dio cuenta de que estaba pasando, supongo que por suerte.
– ¿Cómo que supongo? ¡Vicky! – Michelle sintió como el horror la invadía. ¿Acaso la chica estaba hablando de… ¡suicidio!?
– Vos tenés suerte – le dijo la otra entonces, desviando la mirada –. Podés elegir si querés o no ser un vampiro. Yo no tengo opción. Pero si pudiera… si pudiera elegir, entonces no lo sería. ¡No lo quiero!
¿Así que de esto se trataba? ¿Esto era esa tristeza que se leía en el fondo de sus ojos? Michelle se levantó de su asiento y abrazó a la muchacha con fuerza. Esta le devolvió el gesto, ocultando sus lágrimas.
– Con gusto preferiría padecer de la sed – le dijo luego de un instante, mirándola a los ojos – si eso me permitiera no volver a olvidar. Ambas sufrimos una maldición y debemos aprender a vivir con ella. Es lo que somos y no puede cambiarse; así que debemos ser fuertes.
Vicky esbozó una sonrisa forzada.
– ¿Cuánto hace desde la última vez que te alimentaste? – le preguntó Michelle, no muy segura de querer saber la respuesta. Vicky bajó la vista, avergonzada, y respondió en un murmullo:
– Cerca de un mes y medio. Se está volviendo incontrolable.
– Bueno, entonces mañana vos y yo vamos a salir juntas. Creo que a las dos nos va a venir bien un trago.
La chica la miró con sorpresa. Michelle le respondió con una sonrisa. Tal vez eso la ayudara a recordar; o tal vez complicara todo más. La única forma de saberlo era haciéndolo.