Mostrando entradas con la etiqueta sybilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sybilla. Mostrar todas las entradas

4 oct 2012

Cazadores: Michelle. Parte 43.


SYBILLA

El lugar estaba desierto. Louisa se quitó el casco al pie de la escalera, donde estaba protegida del sol, e indicó hacia arriba. Zach y Vicky asintieron: evidentemente los tres sentían algo. Ella se limitó a seguirlos, consciente de que aún no se había recuperado lo suficiente de sus heridas.
Arriba, la escalera terminaba en una puerta cerrada. Al otro lado se escuchaban voces. Seth y Ángel hablaban. De pronto, la confusión fue notoria en ambos: había alguien más en la habitación.
No esperaron un segundo: Zach se abalanzó sobre la puerta, que cedió casi al instante, destrozando la cerradura. Seth y Ángel, un vampiro de tez morena y cabello oscuro y ondulado, estaban rodeados por al menos una docena de vampiros de aspecto aterrador. En un instante, aquello se convirtió en un campo de batalla.

MICHELLE

Korn - Thoughtless

Ni bien cruzó la puerta se encontró cara a cara con el caos. El aroma de la sangre la invadió por completo, aturdiéndola. Por un instante se quedó allí, paralizada., incapaz de moverse. ¿Acaso aquello no iba a terminar jamás? ¿Pasaría toda la eternidad rodeada de aquella absurda guerra que habían comenzado sus padres?
Escuchó el disparo, pero no comprendió de que se trataba hasta que sintió el golpe, el dolor, el fuego que ya conocía pero que, por ser mitad humana, no la consumía ni la debilitaba como a otros. Le había dado en el hombro izquierdo.
Saliendo de su estupor, divisó al tirador y dejó que su instinto animal se apoderara de ella. Antes de que pudiera disparar nuevamente, lo había acorralado contra la pared. A su alrededor se llevaba a cabo una batalla campal, pero toda su atención estaba puesta en el rostro frente a ella, en los ojos rojos como sangre que la observaban como dos carbones encendidos.
Entonces un nombre resonó en el fondo de su mente y supo que ya había visto aquel rostro antes junto a aquel odio. ¡Pero no podía ser! ¡Él debía estar muerto! ¡Lo había visto morir! ¿Cómo?
– George – siseó entre dientes.
Él sonrió ante la mención de su nombre, dejando asomar unos filosos colmillos blancos.
Michelle retrocedió un paso, su mano derecha aún firme en el cuello de su oponente.
– No puede ser… ¡Estás muerto! ¡Yo te vi!
– No – rugió el otro –. Vos me diste por muerto. Me dejaste ahí como un animal. Nos traicionaste. ¡A todos! ¡Por tu culpa me convertí en este monstruo! Los Rose, sangre, me hicieron prisionero. Me ahogaron en sangre hasta que no pude vivir sin ella. Ahora soy uno de ellos…
Su voz era siseante, casi animal, y podía sentirse el odio en ella como un veneno.
– Vos creaste las balas… – dijo ella casi como una autómata.
– ¡Qué inteligente! – la voz de él rezumaba sarcasmo – ¿Para qué pensabas que me querían de su lado?
– ¿Ellos saben como crear más? – Michelle aumentó la presión sobre el cuello, acercándose nuevamente a él.
– No estaría vivo si lo supieran – respondió él entre dientes –. Si no me necesitaran, ya no existiría.
La voz de James llamó la atención de Michelle. Miró hacia atrás sin soltar a George: Los hermanos Blackeney se habían encontrado y estaban trenzados en una batalla mortal. No podía seguir perdiendo el tiempo allí.
– Deberías estar muerto – le dijo al hombre que tenía acorralado con odio –. Si hubiera sido así, Cassandra seguiría con vida… Y también mi bebé.
Aumentó la presión que ejercía sobre él. Sus colmillos comenzaron a extenderse.
– Yo no te convertí en un monstruo, eso lo hiciste vos solo. Fue tu elección seguir con vida. Pudiste morir como un humando, pero elegiste la sangre. Vos mismo te convertiste en un monstruo… Y llegó la hora de terminarlo.

27 sept 2012

Cazadores: Michelle. Parte 41: Sybilla.



Reprimiendo una mueca de dolor, llamó a la puerta. Era la mitad del día. Era poco probable que estuviera en otro lado que no fuera su casa.
Después de un momento, sintió la llave en la cerradura y el picaporte giró lentamente, como si quien estuviera del otro lado no se hubiera decidido del todo a abrir la puerta que, finalmente, se corrió a un lado para dejarla pasar.
El departamento estaba completamente a oscuras, salvo por una luz que brillaba al final de un pasillo distante en lo que suponía debía ser un dormitorio.
Mientras su visión se acostumbraba a la penumbra, acrecentada una vez que hubo cerrado la puerta a su espalda para evitar la entrada de los rayos del sol, fue vislumbrando una mesa pequeña rodeada de sillas hacia su izquierda, hacia el pasillo, y detrás de estas una cocina diminuta. Al otro lado había algunos sillones y detrás una pesada cortina que ocultaba la luz de una puerta ventana. A algo más de un metro de donde estaba parada había una figura casi infantil. Tenía el cabello revuelto y estaba vestida con una remera enorme que le llegaba casi hasta las rodillas. Podía sentir sus ojos clavados en ella, expectante.
–Tom acaba de llamarme. Dijo que estabas herida – le dijo la voz de Louisa en un tono inseguro, rompiendo el silencio.
Sybilla se mantuvo en silencio sin saber que decir. No estaba allí para victimizarse. Pero tampoco sabía como llegar al tema que quería tocar.
– ¿Por qué viniste? – preguntó la otra, quizá captando la perturbación en su mente.
Silencio. Otra cosa que no sabía como responder. La tensión crecía.
– ¿¡Por qué fuiste a buscarlo?! – esta vez el tono de Louisa fue casi histérico, liberando la tensión que aparentemente llevaba un rato conteniendo.
Sybilla bajó la mirada.
– Porque no sabía que más hacer. Nunca en mi vida hice nada realmente útil. Lo único que hago es decepcionar a la gente. Irónicamente, siempre busqué la aceptación de todos, principalmente de mi familia. ¡Mirá a donde me trajo! Mis hermanos me odian… y vos también.
– Yo no te odio – susurró la muchacha con un hilo de voz.
– Las dos sabemos que deberías.
– Me rompiste el corazón – Louisa alzó un poco la voz –. Eso no quiere decir que te odie. Ya deberías saber que no puedo.
Sus miradas se encontraron en la penumbra que sus ojos ya no percibían.
– Vine a buscar un propósito – Sybilla se dispuso, por fin, a responder la pregunta que antes había ignorado –. Después de todo este tiempo, hay un vacío que ya no supe como llenar. Legué a pensar que había llegado mi hora. Después de tantos años…
Louisa ahogó un grito de horror. Su rostro dejaba en claro que no esperaba escuchar aquello.
– Después de tantos años, nunca encontré algo por lo que vivir, algo a lo que aferrarme – continuó la otra luego de juntar fuerzas, ignorado la expresión de la muchacha que la escuchaba – y me di cuenta de que a nadie le importaba si yo existía o no. Esta era mi última oportunidad. Pero, como siempre, volví a hacer todo mal.
– ¡No digas eso! – le gritó Louisa con furia, abalanzándose  sobre ella y colgándose de sus hombros en un abrazo desesperado. Podía sentir sus lágrimas rozándole la piel y notaba su miedo en el latido de su corazón.
Azorada, tardó un instante en reaccionar y devolverle el abrazo. Sabía que no merecía aquello: su cariño, su abrazo o se preocupación. La había transformado por miedo a perderla y la había abandonado por miedo a lo que dirían de su relación. Había necesitado llegar a una época en la que había empezado a aparecer una gran tolerancia para aceptar lo que sentía por ella y aún así no había sabido como demostrárselo. Estaba tan acostumbrada a fingir ser alguien más, que no sabía como ser ella misma. Y no tenía la menor idea de cómo hacer para explicar todo aquello.
– No tenés que explicar nada – le dijo la voz de Louisa dentro de su mente –. No hace falta que digas nada más.
Al percibir aquello se aferró a ella con más fuerza. ¡Ella podía escuchar cada uno de sus pensamientos! ¿Podías er posible que, después de todo aquel tiempo, después de todo lo que había pasado, aún tuvieran una oportunidad?
Respondiendo a sus pensamientos, Louisa dejó escapar una risita mientras su rostro se giraba hacia ella. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza cuando sus labios se posaron en su cuello. Sin decir una palabra, la dejó continuar, besarla hasta que sus labios se encontraran. Como la primera vez. Como otras tantas veces. Pero, ahora, sin miedo ni necesidad de ocultarlo.


17 sept 2012

Cazadores: Michelle. Parte 38: Sybilla.




Sabía que debía estar junto a su hermano. Sabía que nuevamente le estaba fallando, como tantas otras veces. Pero por algún motivo no lograba hacerlo, no lograba hacer todas las cosas que sabía que tenía que hacer. Nunca había sido como Tom o como Will. Siempre había estado en paz con sus padres a costa de complacerlos. Sus hermanos siempre habían seguido sus corazones, sus ideales. Habían dado todo por amor. Y siempre se tendrían el uno al otro. Siempre tendrían a sus hijas. Ella no tenía nada. Nunca había sabido conservar nada, más que odio. Y quizás por eso no estaba junto a Tom ahora: porque sabía que él la odiaba, que incluso Vicky la odiaba aunque no la había visto más de un par de veces. Nadie quería verla en aquel lugar. No tenía nada que ofrecer. Por eso, en lugar de intentar consolar a su hermano por su pérdida, estaba sola en aquel lugar, donde de otro modo hubiera habido una gran fiesta de sangre. Por supuesto, el lugar estaba desierto, lo cual para ella era ideal para pasar un rato con su soledad. Parecer fuerte se le estaba volviendo agotador. Después de tanto tiempo sola, la vida se le había vuelto una carga demasiado abrumadora y solitaria. Tal vez estuviera llegando su hora.
Un ruido la sacó de sus cavilaciones. En la penumbra, una figura pequeña, casi infantil, se le acercó sin emitir casi ningún sonido. Cuando la tuvo a menos de un metro de distancia la reconoció: Louisa. Desde que había llegado la muchacha estaba evitándola y no podía culparla por ello.
– Deberías haber ido a casa de Tom – le dijo con voz severa, como si fuera mucho mayor que ella. Loo había cambiado mucho desde la última vez que la había visto, si bien su aspecto físico era casi el mismo. Que la abandonara le había roto el corazón. Lo sabía.
– Tom me odia. Lo último que quiere es verme ahí.
– Si buscás reconciliarte con tus hermanos deberías empezar a hacer algo para mejorar la relación.
– ¿Quién dice que quiero reconciliarme con mis hermanos?
– Sé que no estás acá por mí – dijo Loo con rencor – así que asumo que tiene que ser por ellos. Te conozco: no viniste hasta acá por nada.
Sybilla sintió las palabras como un cachetazo. Desvió la mirada de la muchacha un momento para evitar que viera el brillo en sus ojos.
– Estás dispuesta a seguir a mi hermano a donde sea. ¿Verdad? Incluso si decide pelear esta guerra – preguntó, cambiando el tema (o, al menos, intentando).
– Y mucho más – respondió la otra con convicción –. Cuando no tuve más nada, ni a nadie, Tom me recibió. Confío en él y él confía en mí. Y él sabe elegir cuales son las cosas por las que vale la pena pelear. No puedo decir lo mismo de todo el mundo.
– Decilo: no podés decir lo mismo de mí. ¿No es así?
– Es verdad. Vos nunca te jugaste por nada ni por nadie más que vos misma.
– ¡Es muy fácil para vos juzgarme desde afuera! – exclamó Sybilla con indignación.
Loo clavó sus ojos en ella con furia. Una llama rojiza brilló en ellos un instante antes de volver a serenarse. Había una tristeza en ellos que no había estado un momento atrás.
– Yo lo dejé todo por vos – le reclamó –: mi vida, mi familia. Incluso la luz del sol. No me quedó ni una pizca de humanidad. Nunca te pedí tanto a cambio. Pero nunca estuviste dispuesta a jugarte.
– ¿Nunca se te ocurrió pensar en lo que podrían decir? Dudo que siquiera Tom lo aprobara si supiera.
– Tom piensa que fuiste una estúpida por no jugarte por lo que sentías. Y sigue pensándolo – respondió Louisa con rencor –. Y yo también.
Dicho esto, se dio media vuelta y desapareció, dejándola sola otra vez.
No fue hasta que escuchó la puerta cerrarse a lo lejos que dejó que las lágrimas la vencieran. Entonces se entregó al llanto más desesperado de su vida. Jamás había sentido tanta desolación junta, o jamás había estado dispuesta a reconocérselo a sí misma.
Louisa tenía razón. Y ya era hora de cambiarlo; había llegado la hora de enmendar alguno de los errores que había cometido.