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8 oct 2012

Cazadores: Michelle. Parte 44: Seth.


El ataque había venido de la nada. El último lugar en el que esperaba encontrar a su enemigo era entre los Vega. Pero entonces la expresión de sorpresa de Ángel le había dejado claro que él no era parte de aquello.
Más sorpresivo le había resultado ver como la puerta se abría de par en par, dando paso a varios miembros del clan Collin dispuestos a defenderlo. Más tarde averiguaría como habían sabido que aquello iba a suceder. Ahora era tiempo de actuar, de asegurarse de que hubiera un más tarde.
Había reaccionado de forma automática, dejando que su instinto lo defendiera. No se había dado cuenta de que Tom y Michelle habían llegado al lugar hasta que había sonado el disparo. El hombro de la muchacha comenzó a teñirse de rojo. No tardó demasiado en reaccionar después de eso. Casi al instante la vio perderse detrás del tirador, cuyo aspecto le resultaba inquietantemente familiar. Hubiera ido tras ella, pero alguien más atrajo su atención y despertó su furia animal: en un rincón, observando la batalla como si fuera un espectáculo, estaba su hermano, James.
Esquivando vampiros que peleaban, Seth se las ingenió para llegar a su lado. El muchacho lo miró con desprecio y un dejo de sorpresa: evidentemente no esperaba cruzarse cara a cara con él, sino que pensaba que alguien más haría el trabajo sucio.
– Así que tenían razón: vos estabas detrás de todo esto.
James sonrió con desdén. Seth se lanzó encima de él como un animal, dispuesto a hacer lo que nunca había pensado: asesinarlo. Su moral le decía que no podía matar a su propio hermano. Su furia hacía todo lo posible por contradecirlo. El otro le había arrebatado demasiado y sus métodos eran totalmente despreciables.
– No veo por qué te sorprendes – le dijo el otro a modo de respuesta mientras intentaba esquivarlo –. Después de todo, vos autorizaste a Tom Collin a ejecutarme.
– ¡Después de que vos apuñalaste a Michelle! ¡Y asesinaste a mi hijo! – Era la primera vez desde que se había enterado de aquel episodio que Seth asumía realmente lo que había sucedido: que Michelle había estado embarazada, que podrían haber tenido un bebé, un hijo o una hija. Eso nunca volvería a pasar: el daño físico había sido permanente. Su furia no hizo más que intensificarse.
– ¡Ella nunca debió ser tuya! – rugió James, atacando por fin, colmillos extendidos, buscando el cuello de su hermano, olvidando que este alguna vez lo había defendido con su vida.
Seth sintió la puntada de dolor y se apartó casi al instante, forcejeando y gruñendo como una fiera. La sangre le corrió por el cuello desde la herida abierta. Su hermano volvió a lanzarse sobre él sin piedad. Ni su furia animal fue capaz de frenarlo. Debilitado, cayó hacia atrás, arrastrando al otro con él. Por más que lo intentaba, no lograba quitarselo de encima. Estaba perdido…
Con la mirada borrosa vio como una mano tomaba a James por la espalda y lo apartaba de su cuello. Dos vampiros se abalanzaron sobre su hermano con rapidez, atacándolo. La voz de Tom pronunció la sentencia final antes de darle el golpe de gracia. El muchacho se desplomó entonces sobre el suelo, inerte. Su corazón había dejado de latir.
Alguien se acercó a Seth, que aún seguía en el suelo. Se sentía demasiado débil como para ponerse de pie. El aroma de sangre humana lo invadió.
– Todo va a estar bien – le dijo Michelle mientras ponía su brazo frente a él, ofreciéndole la sangre de una herida recién abierta. Tan solo tomó un trago, pero fue suficiente como para estabilizarlo.
De a poco, el caos se había calmado a su alrededor. James estaba muerto. También otros de los enemigos. Los demás habían sido reducidos. Seth se puso de pie, apoyándose en Michelle por miedo a que la debilidad lo invadiera nuevamente. Vicky se acercó a ellos con cautela, posando una mano sobre el hombro de su padre, el cual aún parecía estar buscando a alguien para atacar. Los ojos del hombre se oscurecieron, perdiendo el brillo demoníaco que los había invadido, y se posaron sobre su hija. Vicky lo abrazó. Zach estaba un poco más atrás, ayudando a Sybilla a ponerse de pie. La mujer no se veía nada bien. Louisa corrió hacia ellos realmente alarmada. Mientras tanto, Laura y Ángel Vega observaban a sus enemigos. El hombre se acercó a uno de ellos, cuya mirada estaba fija en el suelo, aparentemente avergonzado: el traidor dentro del clan, el segundo al mando. A los pocos segundos, cayó al suelo, muerto. Los Vega no perdonaban una cosa así, jamás. Todos lo sabían.
– No tengo la menor idea de qué decirles – les dijo entonces el moreno a Tom y Seth, sus iguales en los clanes vecinos.
– No hace falta que digas nada – respondió Seth –. Esta guerra no es tuya, nunca debió llegar a tu territorio. Al parecer mi hermano envenenó muchas mentes en su intento por destruirme.
– Estamos en paz, entonces – dijo el hombre – ¿Qué hacemos con ellos? – preguntó, señalando a los vampiros que quedaban, todos identificables como miembros del clan Rose.
– Yo me encargo de ellos – dijo Michelle –. Mi clan es mi responsabilidad.
Ángel la miró con sorpresa, pero no la contradijo. Uno de los hombres que había permanecido en silencio hasta entonces clavó su mirada en ella con desdén.
– ¿Qué te hace pensar que este es tú clan? – le dijo. Todos los ojos se posaron en él. Tenía el cabello rubio, ensangrentado por la pelea. Sus ojos eran verdes y su mirada cínica. Seth tenía un vago recuerdo de Arthur Rose y este muchacho se le parecía demasiado. Sin lugar a dudas tenían frente a sus ojos a Miles, el nieto del hombre en cuestión; el sobrino de Michelle, quien había asesinado a su propio padre para acceder al poder.
La rubia se rió por lo bajo antes de contestarle. Sabía a la perfección quien era el muchacho, aunque evidentemente él jamás la había visto. Apartándose de Seth y sacando la cadena que llevaba colgando del cuello de debajo de su ropa, Michelle le extendió a su sobrino el anillo dorado que pertenecía al legítimo líder del clan Rose. El rubí que lo adornaba brilló con fuerza al recibir el impacto de la luz del techo. Todos los hombres de Miles tenían la mirada fija en el objeto, los ojos grandes de la sorpresa. Él parecía a punto de estallar de la ira.
– No puede ser – dijo, simplemente.
– ¿Cómo obtuvo ese anillo? – le preguntó a Michelle uno de los hombres, apenas animándose a acercársele.
– Mi hermano, Harry, me lo dio. Cuando supo que su propio hijo conspiraba en su contra.
–  ¿Qué? – el hombre dirigió una mirada acusadora a su supuesto líder. Miles no respondió.
Los miembros restantes del clan Rose se acercaron al hombre que había hablado, observando con cuidado el anillo que Michelle aún sostenía, como intentando identificar si era el verdadero o no.
– Si Harry le dio el anillo – empezó a decir uno – entonces ella es nuestra legítima líder.
Todos empezaron a murmurar y a asentir.
Tan distraídos estaban con aquello, que nadie se percató de que Miles se había escabullido de la habitación hasta que escucharon el ruido de la puerta exterior al cerrarse con violencia, quebrando en mil pedazos el panel de vidrio contiguo. Los hombres dejaron de deliberar, dispuestos a ir en su búsqueda.
– No – dijo Michelle con calma –. Todos estamos exhaustos y heridos. Es hora de descansar y recomponernos. Pasen el aviso de que Miles Rose es ahora un paria, que nadie le de refugio si se considera nuestro aliado. Ya se derramó suficiente sangre por hoy.
Todos asintieron, aunque con sorpresa. El hombre que había hablado primero se arrodilló frente a la mujer con solemnidad:
– Mi nombre es Julio, señora, y estoy a tu servicio. De ahora en adelante, tienes mi lealtad.
Todos los demás lo imitaron casi al instante. Michelle parecía descolocada, incapaz de articular palabra. Seth se le acercó nuevamente y la tomó de la mano, intentando darle fuerza. Ella lo miró y le sonrió, aparentemente aliviada. Tenían un largo camino por delante.

13 sept 2012

Cazadores: Michelle. Parte 37: Seth.


La habitación estaba totalmente asegurada. Sus hombres de mayor confianza estaban apostados en lugares estratégicos. Quizás el lugar fuera predecible, pero no dejaba de ser el lugar más seguro de la casa (y una de las pocas habitaciones que James conocía poco y estaba siempre lista para ser usada). Ahora, solo, luego de haber hecho todo lo posible para hacer llegar a Tom y Vicky sus condolencias, no podía dejar de dar vueltas en su cabeza al sentido de todo aquello. Tal vez lo mejor fuera que saliera de aquel lugar, que buscara a su hermano y lo enfrentara. Había escapado al nuevo mundo escapando de la guerra. En todos sus años de vida, aquel absurdo enfrentamiento solo había servido para traer miseria a él y a todos aquellos que lo rodeaban. La guerra se había cobrado demasiados inocentes. ¿Cuántos más debían morir por ella? No le extrañaría que pronto incluso sus amigos estuvieran pidiendo su sangre y no los culparía por hecho. Ya les había traído demasiadas desdichas. Era hora de pagar.
No había terminado de darle vueltas a aquello cuando la puerta se abrió lentamente. No había sentido a nadie acercarse y ninguno de sus hombres hubiera entrado sin llamar. ¿Quién podía ser? Cauteloso, se escondió entre las sombras, listo para atacar. Entonces, frente a sus ojos apareció la última persona que esperaba encontrar: Michelle. Tenía los ojos rojos de llanto y la mirada triste. Relajándose, Seth se le acercó. La muchacha cerró la puerta a su espalda y esbozó lo más cercano que pudo a una sonrisa.
– ¿Alguna vez te dije cuán predecible sos? – le preguntó ella con un dejo de ironía que intentaba ocultar la tristeza de su voz.
Él asintió al tiempo que respondía:
– Creo que unas doscientas veces, sí. Pero dudo que James vaya a venir a buscarme a esta habitación.
– Puede ser – dudó ella, acercándosele un poco más.
– ¿Por qué estás acá? – le preguntó él después de un momento, yendo al grano.
Michelle dudó.  Sus ojos se llenaron de lágrimas.
– Cassandra está muerta – dijo con voz monótona. Seth lo sabía, había estado allí. Sabía que aquel no era el punto, así que esperó.
– Siendo humana, hubiera pasado tarde o temprano – dijo un rato después, distante –, pero no dejo de preguntarme: ¿Qué hubiera pasado si no hubiera sido humana?
– No podemos saberlo. Pero tampoco tiene sentido darle vueltas al asunto: ella había decidido ser humana.
Dos lágrimas rodaron por las mejillas de la muchacha. Su mirada estaba ida, como si no estuviera viéndolo.
– Cassandra estaba considerando la posibilidad – empezó a decirle, aparentemente perdida en un recuerdo –. Si lo hubiera hecho… tal vez…
– O tal vez no – dijo él, comprendiendo. Tal vez la mujer podría haberse salvado –. La bala era para mí, y estaba preparada para matarme. Tal vez el resultado hubiera sido el mismo.
– Puede ser – los ojos de Michelle se clavaron en él –. Pero Tom y Vicky no pueden saber esto. Los destruiría.
Seth asintió. No sería un secreto placentero, pero tal vez ella tuviera razón.
La expresión de Michelle cambió, como si saliera de un trance. El llanto se había apoderado de ella. Nunca en su vida la había visto llorar de ese modo.
– Todo esto me hizo pensar – comenzó a hablar ella nuevamente, su mirada fija en él – y me di cuenta de que no podría tolerarlo. Si hubieras sido vos, si supiera que no podría volver a verte… sería peor que la muerte.
Seth sintió que se quedaba sin aire. Tantos siglos esperándola. Aquel era el momento en el que menos la esperaba. Y entonces, quizás… Tal vez así debía ser, para darle una nueva razón para pelear, para no bajar los brazos.
Michelle dio un paso más hacia él. Ambos se encontraron a mitad de camino. Sus labios se unieron en un beso triste pero apasionado, que dejaba en claro que no había nada más que decir. Los sentimientos no habían cambiado a pesar de todo lo que les había pasado y nada ni nadie podría cambiarlos. Él siempre lo había sabido, desde la primera vez que la había visto. Ahora ya no tendría que esperar más.

30 abr 2012

Cazadores: Michelle. Parte 9.


SETH

– ¡Ella no está lista para algo así! ¡Probablemente nunca lo esté! No podés pedirle una cosa así. ¡Sería inhumano!
– Es la única oportunidad que podríamos tener de acabar con esta absurda guerra. Ya perdimos la cuenta del tiempo que lleva y nadie se acuerda por qué peleamos. Si ella reclamara lo que le corresponde, entonces sería el final. Michelle es nuestra aliada, ella acabaría la guerra.
– En este momento, ella no sería más que una marioneta. No sería una líder para los Rose. Nunca aceptarían que Michelle tomara el lugar de su hermano, aunque sea mayor. Ella es una asesina de vampiros. Y además es incapaz de recordar lo que pasó hace un mes. No hay forma razonable de que esté al mando de nada. ¡No puede controlar su propia vida!
La discusión había llegado a los límites de la violencia. En cualquier momento los hermanos iban a lanzarse uno sobre el otro. No era la primera vez que tenían aquel conflicto, pero esta vez se había vuelto peor porque, por primera vez en siglos, ambos estaban en el mismo lugar que Michelle.
Mientras uno de los hermanos siempre había sido partidario de ayudar a Michelle y mantenerla a salvo, el otro había intentado, muy desde el principio, tratar de involucrarla en las cuestiones políticas que afectaban a ambos clanes. Michelle a la cabeza del clan Rose hubiera sido de gran ventaja para ellos: la muchacha era demasiado voluble, dada su situación. También era demasiado inestable, lo que hubiera podido ser catastrófico. Era evidente que jamás llegarían a un acuerdo, especialmente porque ambos tenían sentimientos hacia la chica, un motivo más para su rivalidad. No había forma de que aquello terminara bien.

MICHELLE

Ya era suficiente. Hacía más de una semana que James había llegado a la casa. Durante todo ese tiempo, Michelle se había puesto cada día más confusa, alterada y los hermanos no hacían otra cosa más que discutir. Los gritos se escuchaban por los pasillos día y noche. Ella no hacía más que tratar de evitarlos, de esconderse. No quería enfrentar a ninguno de los dos; a aquellos ojos azules, expectantes. No quería tener que responder a sus demandas ni corresponder a sus sentimientos. Ya no sabía quien era quien en su pasado. No sabía a quien le debía lealtad. Ya no podía permanecer en aquel lugar. No podría evitar a los hermanos por mucho tiempo, e iba a enloquecer (aún más, probablemente) si no conseguía algo de paz.
Michelle rebuscó en la habitación hasta encontrar una mochila. No había demasiado espacio en ella, pero podría guardar el diario y algo de ropa. No había mucho más allí que pudiera llevar. No tenía dinero ni ningún elemento de valor. Pero no importaba: debía salir de allí, eso era lo único que le importaba. Ya encontraría la forma de sobrevivir en el mundo.
Esperó hasta cerca del amanecer para salir. Los vampiros tenían la costumbre de permanecer despiertos gran parte de la noche, especialmente aquellos que no podían exponerse a la luz del sol. Con la llegada de este, la casa dormía. No le costó demasiado escabullirse sin ser vista. Dados sus hábitos solitarios, era probable que no notaran su ausencia hasta la noche.
Después de unos días de vagar, la lluvia la encontró en las calles. Estaba cansada y hambrienta, y el invierno estaba en su peor etapa. Sin saber que hacer, sin la menor idea de donde estaba, se dejó caer bajo un pequeño alero que la protegía poco y nada del agua. Al menos había escapado de la presión, pero tal vez no había calculado el precio a pagar. Entristecida, cerró los ojos y se permitió descansar.
No supo cuanto tiempo había pasado desde entonces, pero estaba segura de que se había quedado dormida. Seguía lloviendo, y se había vuelto aún más oscuro: estaba anocheciendo. Frente a ella había un muchacho de aspecto juvenil y edad imprecisable. Tenía el cabello negro rizado y unos ojos grises que expresaban antigüedad, aunque nada en comparación con Seth, James o ella misma. Estaba arrodillado junto a ella, intentando despertarla sin asustarla, y su rostro le decía que la conocía perfectamente, aunque ella no pudiera recordarlo.
– Michelle – le dijo con voz tranquilizadora –, mi nombre es Tom. Soy amigo de Seth. Y de James, también. Me dijeron que habías desaparecido. Están preocupados.
Michelle lo observó un momento como si le hubiera hablado en chino. Estaba aturdida, agotada. Él volvió a insistir.
– ¿Sabés de que te estoy hablando? ¿Te acordás de Seth y de James?
Michelle asintió.
– No quiero volver ahí. Ellos pretenden cosas de mí. No puedo darles lo que quieren.
Tom sonrió. Se puso de pie y le tendió una mano para ayudarla a ponerse en pie.
– No tengo intención de llevarte con ellos. Ya dejaron muy claro que los únicos tiempos que entienden son los suyos. Vos necesitas otros. Pero no podés quedarte en la calle. Menos con esta lluvia. Vení conmigo. Conozco un lugar donde vas a estar tranquila. Y como está fuera de su territorio, ninguno de los dos va a poder molestarte.
Después de considerarlo un momento, aceptó la oferta. Estaba demasiado cansada y hambrienta como para decir que no.
Tom la llevó a lo que parecía ser una casa común y corriente. Tenía la puerta sobre la línea de la vereda, y una buhardilla en la parte superior en la que brillaba una luz amarillenta. Al entrar se encontraron en un living amplio de muebles claros. Al fondo había una escalera de madera que se perdía en las sombras de la planta alta. El comedor estaba separado por una arcada de ladrillos y, no muy lejos, la puerta de la cocina estaba abierta de par en par. Desde la puerta podía verse que la cocina y el comedor eran un mismo ambiente con una división sin puerta. Al fondo había una mujer joven que apenas pasaba los treinta años. Al oírlos entrar levantó la vista de la hornalla en la que hervía una olla con agua para cocinar. En un sillón del living, frente a la televisión prendida, había otra figura: una niña de no más de catorce años cuyo cabello negro rizado dejaba en claro quien era su padre.
Tom sonrió y presentó a las tres mujeres:
– Michelle, estas son mi esposa, Cassandra, y mi hija, Victoria – ambas la saludaron con una sonrisa. Al parecer, ambas habían escuchado algo sobre ella –. Ella es Michelle. Le ofrecí quedarse un tiempo con nosotros hasta que se le pase un poco la… confusión.
– Podemos compartir mi habitación – dijo la niña con un tono amigable –.Hay un colchón extra que puedo tirar en el piso para dormir.
Michelle no pudo evitar sonreírle. Cassandra se les acercó y le tendió una mano:
– Vení conmigo. Vamos a que te des una ducha de agua caliente y te pongas algo seco. La cena va a estar en un rato. Tenés cara de hambre.
Fue allí cuando se percató de que la mujer no era un vampiro. Y, por supuesto, tampoco lo era la niña. ¿Sería por eso que eran tan amables con ella?

16 abr 2012

Cazadores: Michelle. Parte 7: Seth.


Seth despertó abrumado por los recuerdos. Saber que ella estaba tan cerca hacía que los hechos pasados se revivieran una y otra vez en su mente, en sus sueños: la primera vez que la había visto; su primera conversación, cuando supo quien era en realidad; cada instante de su historia que le era significativo, especialmente porque ella no los podía recordar.
Sin levantarse de la cama, repasó los detalles del sueño en silencio.

Como hijo mayor del líder de su clan, Seth era el encargado de supervisar las tierras de su padre. Él y un grupo de acompañantes se habían asentado en el pueblo por un tiempo con ese objetivo. Estaban lejos de casa y, luego de haber visto a Michelle y los cazadores, sabía que no tenían oportunidad contra ellos. Aún así no había hecho nada al respecto: la muchacha lo tenía hechizado, aún ahora que conocía su origen.
La noche indicada había llegado. Los cazadores habían tomado desprevenidos a sus compañeros. Él aún permanecía acostado, indeciso. ¿Debía esperar a que fueran por él, o debía salir a luchar? Sabía que no sería capaz de enfrentarse a la muchacha. ¿Ella sería capaz de asesinarlo, llegado el momento? Las puertas de su habitación se abrieron de par en par. No necesitaba luz para ver a su oponente: un hombre joven al que sus compañeros llamaban George. El odio ardía en su mirada. Su ira despertaba la fuerza de su sangre vampírica a pesar de la falta de sangre. Sus ojos brillaban como carbones encendidos en la penumbra.
Seth se puso de pie, dispuesto a defenderse a pesar de su indecisión. Entonces sucedió lo que menos esperaba: Michelle entró corriendo en el recinto. Su cabello se escapaba de una trenza dorada y sus ojos brillaban como fuego. George giró sobre sus pies, observando a la muchacha que blandía una espada con firmeza. En su rostro no había sorpresa, solo odio.
– Sabía que ibas a traicionarnos – le dijo.
– Lo lamento. No puedo dejarte que lo asesines – susurró la muchacha con un dejo de culpa –. Él no es como los demás. Él es diferente.
– Todos son monstruos asesinos y tú eres uno de ellos – rugió el hombre, abalanzándose sobre ella. Seth reaccionó al instante. Se lanzó sobre su oponente con furia animal, clavando sus colmillos en su cuello y desgarrando la carne. George forcejeó, pero no tardó mucho en caer a sus pies, inerte. Los ojos de Michelle se encontraron con los suyos con temor y sorpresa. Debió hacer un esfuerzo sobrehumano por recobrar la compostura.
– Debes irte – le dijo la chica.
– Los cazadores no te perdonarán esta traición. Te matarán – argumentó él.
– Sé defenderme sola, aún de los cazadores.
– Ven conmigo – rogó él, tomando sus manos y acercándola a donde estaba parado –. Ellos no van a encontrarnos. Estarás a salvo. Ambos lo estaremos.
Michelle dudó un momento antes de responder. Sus ojos volvieron a encontrarse. La sintió sonrojarse por la cercanía de sus rostros. Sus mejillas irradiaban calor. Entonces asintió, soltando la espada y dejándose llevar.
Aquel fue el principio de su aventura y, quizás, el tiempo más largo que estuvieron juntos. Casi dos años más tarde aparecía el primer episodio de amnesia de la muchacha. Le tomó casi una década volver a encontrarla y ya nada fue como había sido.

2 abr 2012

Cazadores: Michelle. Parte 5.


SETH

Hacía casi dos décadas que las andanzas de Michelle y la necesidad de alejarse de sus padres lo habían llevado al nuevo mundo. Al principio había pensado que sería una estancia pasajera. El tiempo demostró lo contrario. A pesar de la abismal diferencia entre su tierra natal y su nuevo hogar, de lo que le había costado adaptarse al idioma y las costumbres, sabía que muy pocas cosas lo harían irse de allí. En primer lugar, porque aquel lugar era su oportunidad de ser libre e independiente. En el viejo mundo, donde el tiempo se contaba en milenios, su acumulación de siglos no significaba nada: no era más que un muchacho. Aquí, en el nuevo mundo, muchos lo consideraban un anciano. Lo irónico era que de no ser por Tom, tantos siglos más joven que él, nunca se hubiera adaptado a su nueva vida.
Desde aquel fatídico día en que Michelle se había cruzado en su camino por primera vez, toda su vida había girado en torno a ella. La muchacha lo obsesionaba, no podía negarlo. Pero además, en sus momentos de lucidez, realmente habían llegado a conocerse. Él había conocido a la verdadera Michelle, antes de que el tiempo y la amnesia comenzaran a afectarla. Lo que sentía por ella era lo que lo había llevado innumerables veces a tratar de ayudarla. Por eso conservaba aquel diario que nunca había leído. Sus recuerdos le pertenecían a ella, y él no era quien para hurgar en ellos. La tarea de ayudar a Michelle hubiera sido mucho más simple de no ser por Jimmy… Pero para eso eran los hermanos menores: para complicar las cosas. Al principio, James no era más que un niño. Pero, con el paso del tiempo, dejó de serlo y las diferencias de edad pronto se desdibujan entre inmortales. Sus propios sentimientos hacia la muchacha no tardaron en manifestarse y, con ellos, los conflictos entre hermanos y con su padre.
Con Michelle bajo su techo, la anunciada visita de su hermano menor presagiaba problemas.

MICHELLE

El diario lo dejaba muy claro. Había nacido en algún lugar de las islas británicas en algún momento cercano a la invasión normanda. Había sido prisionera en el castillo de su propio padre durante años y había ganado su libertad asesinándolo. Por siglos había vivido eternamente joven gracias a la sangre de otros vampiros. ¡Ella era un vampiro!
Todo lo demás que había llegado a leer era confuso. Había narraciones de hechos, anécdotas sin orden lógico, carentes de contexto en el que enmarcarlas y periódicamente unas páginas en tiempo presente, hablando de lo que sucedía durante el tiempo en que el diario estaba en sus manos, siempre junto a Seth. Él había estado desde el principio, desde aquel día en que se habían cruzado por primera vez. Se habían encontrado innumerables veces y en su interior sabía que entre ellos había algo más.
Pero las notas y los incipientes recuerdos que empezaban a aflorar le decían que había algo más: alguien que la había acompañado y por quien sentía algo. Solo le restaba saber quien era y cuan importante era realmente.

19 mar 2012

Cazadores: Michelle. Parte 3: Seth.

– Deberías haberme consultado antes de montar una operación en territorio. Así no es como funcionan las cosas. Entiendo que más de un milenio de guerra con los Rose te tenga desacostumbrado a como proceder con los demás clanes pacíficamente, pero tenés que aprender a seguir las reglas si no querés estar en guerra con todos los clanes de la zona.
– Esto era importante, Tom. No podía dejarlo pasar. Podría haberla perdido por años otra vez. ¡Ella no se acuerda nada de nuevo! ¡Es peligroso! – Seth y Tom llevaban horas discutiendo el tema y parecía que nunca llegarían a un acuerdo. Los hombres de Seth habían encontrado a Michelle en el territorio del clan Collin. Debería haber pedido una autorización, hablado con Tom antes de proceder. Por miedo a perderle el rastro si tomaba demasiado tiempo, no lo había hecho.
– Sé cuan importante es Michelle para vos. Pero no podés iniciar una guerra por una mujer. Los Yager no hubieran escuchado tus explicaciones, te hubieran declarado la guerra y hubieran iniciado una masacre. ¡Tenés que ser más consciente!
Tom estaba sacado, y a medida que iba avanzando la discusión sus argumentos eran más válidos. Les había costado mucho trabajo llegar a la paz con los Yager, a ambos clanes. No era una buena idea provocarlos. Debía ser más cuidadoso en el futuro. De eso le hablaba el otro. Seth suspiró, resignado. Aquella discusión no tenía sentido.
– Lo sé – dijo entonces, dándose por vencido –. No sé en que estaba pensando.
Tom se relajó, viendo que sus palabras habían tenido fruto.
– Yo sí. Sabés que también hice locuras. Las mías me costaron la relación con mi familia. Pero en nuestra posición no podemos darnos el lujo de arriesgar la seguridad de todo el clan.
Tom se acercó a él y le palmeó el hombro en un gesto fraternal. En ocasiones era muy fácil creer que este era el mayor de los dos. Nadie hubiera imaginado jamás por cuanto tiempo Seth era mayor.
– ¿Y cómo está? ¿Hubo algún avance? – preguntó el otro, tratando de volver a una conversación pacífica.
Seth negó con la cabeza. Su rostro parecía desolado.
– Lleva dos días encerrada leyendo ese diario. Tiene todo lo que necesita, pero apenas come. Y algo me dice que no cree la mitad de lo que está leyendo.
– Hay que ver que dice el diario…
– No tengo idea. Nunca lo leí.
Tom le devolvió una mirada incrédula.
– Ya sé que suena estúpido. Tengo ese diario desde hace… demasiado tiempo. Pero… siempre pensé que tenía que respetar su privacidad. Además, la primera parte está en francés. Y ya sabés cuan malo soy leyendo en francés.
– Es decir que está encerrada en una habitación leyendo un diario probablemente escrito en tres idiomas diferentes a lo largo de… – Tom hizo una pausa, esperando a que su amigo completara la información que desconocía.
– Tres siglos, aproximadamente – dijo el otro, captando la intención.
– ¡Tres siglos! Y no tenés la menor idea de qué dice. Ella probablemente no tenga idea de que vivió tanto tiempo.
– Vivió bastante más que eso. Y no tengo la menor idea de qué pasó en la mayor parte de ese tiempo, salvo cuando estaba conmigo. Jimmy sabe algo más, pero la mayor parte del tiempo es un interrogante para todos.
Tom meditó un momento antes de responder.
– Muchos vampiros sufren de amnesia. No están psicológicamente preparados para tolerar la eternidad por diversos motivos. Creo que las circunstancias en que Michelle nació y vivió por mucho tiempo llevaron a eso. Ahora sabemos cosas que antes no sabíamos, de psicología y todo eso digo, que tal vez puedan ayudar. Pero para lograrlo ella necesita un ambiente medianamente estable. Y que no la presionen.
– Ya lo sé. Lamentablemente, Jimmy va a estar por acá en unos días y dudo poder ocultársela. No sé que va a pasar una vez que él esté acá.
– Tratá de controlarlo. Tu hermano es un muy buen tipo, pero tiende a ser un poco impulsivo. Eso puede traerle muchos problemas por acá.

5 mar 2012

Cazadores: Michelle. Parte 1.

MICHELLE



Era tarde y lo sabía. No era el horario más apropiado para aparecerse en la casa de nadie, incluso un vampiro. Aún así, no tenía otro lugar donde ir. Había pensado en él, pero todavía no podía enfrentarlo. Necesitaba tiempo. Y, además, él no tenía las respuestas que buscaba. No. Definitivamente, este era el lugar al que ir.
Tocó el timbre y esperó. No necesitó hacerlo una segunda vez. La luz de la habitación justo sobre la puerta parpadeó: allí había alguien despierto. Antes de lo que esperaba, la puerta se abrió, dando paso a la oscuridad más absoluta. Aún así, pudo distinguir una silueta en las sombras. Fue inevitable, entonces, recordar la primera vez que había estado allí.

Cinco años antes…

Los recuerdos se agolpan en mi mente como imágenes confusas y borrosas sin ningún orden lógico. Recuerdo apenas detalles ínfimos. Rostros sin nombre, sonidos sin imágenes a que asociarlos. Solo sé con certeza que mi nombre es Michelle. Recuerdo con claridad el grito de mi madre antes de morir en manos de aquel monstruo cuyo rostro sigue grabado en mi mente. Y sé, aunque no estoy segura de cómo ni por que, que él no era humano. Sé que éramos prisioneras, mi madre y yo, y sé que luego de que aquel monstruo murió fui libre. Pero más allá de eso, no recuerdo nada.
Los recuerdos son imágenes confusas. Las imágenes se pierden. Todo está perdido. O tal vez no. Tal vez siguen aquí, en mi mente, confundidos pero expectantes, buscando el momento correcto para salir a la luz. No lo sé. Lo que si sé es que ya no deseo olvidar. Necesito recordar. Necesito saber quien soy y de donde vengo para saber hacia donde voy. Esto no puede continuar. Es por eso que escribo este diario. Tal vez de este modo los recuerdos no se pierdan nuevamente como tantas veces antes.

Michelle intentó ordenar sus pensamientos antes de seguir escribiendo. Todo era tan confuso… No recordaba. ¿Por qué no podía retener nada en su mente? ¿Qué había pasado con su vida? ¿Por qué había desaparecido? Todo lo que la rodeaba le decía una sola cosa: vampiros. De ellos escapaba; a ellos asesinaba. No podían ser para otra cosa aquellas armas. Un vampiro había asesinado a su madre. Un vampiro que las mantenía prisioneras. Pero entonces ella había escapado. Su captor estaba muerto y ella era libre. Pero… ¿Qué había pasado luego? ¿Cuánto tiempo había pasado? Su imagen en el espejo le decía que no podía tener mucho más de… ¿diecisiete, dieciocho años, tal vez? Las apariencias podían ser tan engañosas a veces. Tal vez fuera menos, tal vez más.
Garabateó esto en el papel que tenía frente a sus ojos, en aquel intento improvisado de diario que esperaba le permitiera recobrar lo que había perdido. Releyó todo sin esperanza. No había caso: no podía recordar nada más. Ni siquiera sabía como había llegado a esa habitación ruinosa en la que vivía, ni de donde había sacado la ropa que tenía puesta. ¿Cómo se suponía que iba a averiguar algo sobre su pasado de ese modo?



SETH

Seth suspiró. Sabía que debía dar la orden. Aún así, una parte suya no quería hacerlo. Había pasado siglos haciendo lo mismo una y otra vez sin ningún avance. ¿No sería la hora de darse por vencido y olvidarlo? Tal vez el universo intentaba darle una señal: tal vez debía dejarla ir. Pero en el fondo sabía que no podía hacerlo. Desde la primera vez que la había visto había sabido que nunca podría olvidarla: sus vidas estarían ligadas por siempre. Así había sido desde entonces. Estaban condenados a encontrarse y separarse nuevamente una y otra vez, como en un juego o un círculo que no tiene final. ¿Cuánto tiempo podría seguir con aquello? ¿Acaso lo haría por toda la eternidad?
– ¿Qué ordena, señor? – le preguntó el hombre con solemnidad. Aquello ya lo tenía cansado también. Su mente divagó un momento más, analizando la situación, juzgando si debía o no dar la orden. Finalmente decidió seguir adelante. Si alguna vez iba a terminar, este no era el momento.
– Procedan – ordenó –. Tráiganme a la cazadora.